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¡Señor mío y Dios mío!



23 de Abril de 2017
Redacción
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Comentario al Evangelio del II Domingo de Pascua, a cargo de Osvaldo Aparicio ss.cc.


El apóstol Tomás bien podría ser un hombre de nuestro tiempo: escéptico y positivista. Necesita ver y palpar para aceptar una realidad. Priman los sentidos y no le basta la palabra de los otros. Solo acepta las realidades tangibles: Si no lo veo, no lo creo.

El apóstol Tomás busca encontrarse con un Jesús del pasado, con el Jesús de la Cruz; en concreto, quiere, para asegurarse bien y no verse engañado, palpar las llagas causadas por los clavos y la lanza; y fue, precisamente, la contemplación de las heridas lo que llevó a Tomás a confiar y creer en su Maestro, porque experimentó que los signos de su Pasión no eran señales de muerte, sino de Resurrección y de Vida como expresión y signo de un amor sin medida: Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo … Nos amó y se entregó por nosotros. Y el Amor no muere nunca. Tomás, a través de las llagas, experimentó que su Maestro era el Viviente, presente en medio de la comunidad de sus discípulos.

Ver y palpar todo el Amor que emanaba de las llagas de Jesús, le llevó a Tomás a creer y a confiar en él, a sentirlo Vivo y Resucitado, a caer rendido ante su Maestro y a pronunciar una de las confesiones de fe más hermosas y profundas del Nuevo Testamento: ¡Señor mío y Dios mío!

En el incrédulo Tomás nos vemos reflejados todos nosotros. Cuando la desilusión, el cansancio, la oscuridad o las dudas se ciernen sobre nosotros, necesitamos ver y palpar, tocar y cerciorarnos para disipar nuestras incertidumbres. Como a Tomás el gran signo que se nos ofrece es comprender el amor inmenso que brota de las llagas de Jesús y, entonces, la cruz se transformará en luz y seremos bienaventurados porque como Tomás exclamaremos: ¡Señor mío y Dios mío!

Y, también como a Tomás, Jesús nos dirá: ¡Bienaventurados los que crean sin haber visto!

En esta misma bienaventuranza insiste la primera carta de san Pedro (2ª lect.): Vosotros, sin haber visto a Jesucristo lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante”.

Amar y creer en Jesús Resucitado, el del Corazón abierto, es el núcleo de nuestra fe, de nuestra vida y de la Iglesia. Este amor y esta fe en el Resucitado es lo que llevó a los primeros cristianos a formar esa comunidad ideal de la que nos hablan los Hechos de los Apóstoles (1ª lect.); les llevó a vivir unidos y a formar una comunidad en la que lo tenían todo en común, a ser una familia en la que se vivía la comunicación de bienes de forma que los repartían según lo que cada uno necesitaba.

El libro de los Hechos nos dice igualmente que esa comunión fraterna tan estrecha se alimentaba con la “fracción del pan” (Eucaristía) y la oración: Los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones.

 
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