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11 de Marzo de 2017
Redacción
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Comentarios a las lecturas de la Palabra de Dios del segundo Domingo de Cuaresma, a cargo del P. Osvaldo Aparicio ss.cc.


Conviene situar en su contexto la primera lectura, tomada del Génesis, y que nos presenta la vocación de Abrán (*). Los once capítulos anteriores del primer libro de la Biblia nos hablan de la humanidad que se ha roto por la desobediencia y el pecado (caída de Adán y Eva), y cómo poco a poco se ha ido sumergiendo en el mal (diluvio), hasta caer en el orgullo y en la mayor desunión (Torre de Babel).

Pero la bondad de Dios es más fuerte que el mal y, como narra la primera lectura de hoy, llama y elige a Abrán para que sea germen y portador de esperanza de un mundo nuevo: Sal… hacia la tierra que yo te mostraré.

Cuando contemplamos la situación de nuestro mundo y de nuestra sociedad, más de una vez tenemos la impresión de que nuestros tiempos no son muy distintos de los pintados en el Génesis. Los medios de comunicación no cejan de reflejarlo. Es como si estuviéramos sumergidos en un mar de dolor y sufrimiento y que la sociedad fuera una inmensa torre de Babel, dominada por la desunión en la que cada uno va a lo suyo.

¿Hay salida y horizonte a esta situación en que vivimos?

Hoy como ayer, Dios sigue llamándonos como a Abrán para que seamos portadores de esperanza. Abrán, venciendo sus dudas y temores, y dejando de lado las seguridades en que discurría su vida, acepta el riesgo que implica la llamada del Señor y, confiando en su palabra y promesa, se pone en camino como le había dicho el Señor; por eso, san Pablo, en una de sus cartas, presentará a Abrahán como “padre de los creyentes”, o sea, de aquellos que saben fiarse por completo de Dios y responden a su llamada.

El Evangelio de hoy nos narra la Transfiguración de Jesús; también conviene situarlo en su contexto. Jesús quiere fortalecer la fe y la esperanza de sus discípulos, desconcertados y desilusionados por lo que Jesús les había manifestado: que el camino que él tenía que recorrer era un camino de sufrimiento y de muerte; y que, si ellos de verdad quieren seguirle, tienen que cargar con la cruz y, como él, entregar su vida por los demás.

No era ese el destino que ellos esperaban para su Maestro ni la vida que ambicionaban para sí mismos. Ante una perspectiva como la que Jesús les presenta, seguramente se plantearían, desilusionados: ¿Merece la pena unir nuestro destino a alguien cuyo camino implica sufrimiento y muerte?

Más de una vez nosotros también habremos vivido la misma inquietud que los discípulos e idéntica pregunta: ¿Merece la pena, en medio de una sociedad despreocupada y ajena a los valores evangélicos, tomarse en serio el vivir la fe y vivirla con todas las consecuencias? ¿Conseguimos algo con ello? ¿No es preferible dejarse llevar por la corriente ya que remar en contra no conduce a nada?

Jesús quiere que, junto con Pedro, Santiago y Juan, subamos al monte de la Transfiguración para que renovemos nuestra fe y nuestra esperanza al contemplar su gloria y al escuchar la voz del Padre que nos dice: Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco.

La Transfiguración de Jesús es anticipo de su Resurrección; el camino de entrega y de cruz que él siguió y que invita a sus discípulos a seguir también, no desemboca en la nada sino en la vida. Jesús nos pide que, como Abrán, confiemos y esperemos contra toda esperanza.

La Transfiguración es un signo que se nos da para seguir firmes en la fe y en la esperanza de que nuestro esfuerzo por ser cristianos consecuentes no será inútil ni acabará en el vacío. Merece la pena tener esperanza y ser testigos de esperanza.

 
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