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¡Gente de poca fe!



26 de Febrero de 2017
Redacción desde San Lorenzo de El Escorial
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Comentario al evangelio dominical, de la mano de Osvaldo Aparicio ss.cc.

Hoy el mensaje de la palabra de Dios es de una especial riqueza. La primera lectura no puede pasar desapercibida. El libro de Isaías refleja la amarga queja del pueblo de Israel que, desterrado en Babilonia, se siente abandonado y olvidado de su Dios: ¡Me ha abandonado el Señor, mi Dios me ha olvidado!


También nosotros vivimos situaciones en las que tenemos la dolorosa sensación de que Dios no nos escucha o de que estamos dejados de su mano. Al igual que a su pueblo Israel, responde a nuestras quejas nos asegurándonos su amor y ternura constantes: ¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré?

Esta imagen de Dios como madre entrañable habla por sí sola: Dios es amor y entrega, ternura y dulzura, protección y seguridad, puerto seguro en el que cobijarse…

Por eso el salmista nos invita a desahogar confiadamente nuestro corazón en Dios, pues él es nuestro defensor, refugio y esperanza: ¡Descansa en Dios, alma mía!

El mensaje de estas lecturas del Antiguo Testamento lo profundiza el Evangelio de hoy con una de las páginas más hermosa y llena de lirismo del Nuevo Testamento en la que Jesús hace un canto a la providencia de Dios, lleno de ternura hacia todas sus criaturas. Jesús nos pide con insistencia que nada nos agobie. Hasta seis veces lo repite. Bien lo supo interpreta santa Teresa en su copla: Nada te turbe, nada te espante… Quien a Dios tiene, nada le falta. Solo Dios basta.

Como un niño reposa y confía en brazos de su madre, así quiere Jesús que nosotros confiemos en la providencia paternal y maternal de Dios: Mirad los pájaros del cielo que ni siembran ni siegan ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta… Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan… y, sin embargo, Dios los viste de una incomparable hermosura. Y, ante ello, Jesús nos pregunta: ¿No valéis vosotros más que ellos?... ¿No hará mucho más por vosotros, gente de poca fe?

Jesús nos tacha de gente de poca fe, o sea, nos dice que nos falta confianza en el Señor, que eso es lo que significa fe.

Es muy posible que nuestra falta de confianza en Dios, padre y madre, radique en que la tenemos puesta en otro lado, como el mismo Jesús nos advierte al inicio del Evangelio. Puede que el señor y dueño de nuestro corazón sea la riqueza y el dinero; puede que en ello tengamos puesta nuestra esperanza de encontrar sentido a la vida y de hallar la plena felicidad. Si es así, entonces desalojaremos a Dios de nuestro horizonte y de nuestra confianza. Jesús nos advierte: ¡Nadie puede servir a dos señores!... ¡No podéis servir a Dios y al dinero!

Esta llamada a la plena confianza en la providencia divina no es, ni mucho menos, una invitación a vivir en un mundo irreal y ficticio, ni a dar la espalda a la realidad y cruzarnos de brazos. Todo lo contrario; vivir afianzados en Dios providente, nos impulsa a trabajar con todas nuestras fuerzas por eliminar el mal de nuestro alrededor y a sembrar ilusionadamente el mayor bien que podamos. Es lo que nos pide precisamente Jesús: Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia, y todo esto se os dará por añadidura.

 
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