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La sobriedad



02 de Enero de 2017
Redacción
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En este tiempo navideño recomendamos la lectura de "La sobriedad", de Francesc Torralba. Ofrecemos un extracto elaborado por María Vidal ss.cc.


La sobriedad es aquella virtud que nos permite adjudicar a las cosas su justo valor y gestionar adecuadamente nuestras apetencias, estableciendo en todo momento un límite entre lo que es razonable y lo que resulta inmoderado. Es una regulación de la potestad de desear. No es la negación del deseo ni el rechazo de todo anhelo; es el control de la facultad de ansiar.

Una persona sobria es dueña de sus deseos; controla su frecuencia y volumen, no requiere un principio externo para limitarse. Se autolimita a ella misma por convicción, para protegerse y curarse en salud. La sobriedad no se puede imponer a los demás, pero puede sugerirse racionalmente. El deseo no es algo negativo per se, es algo constitutivo del ser humano. Pero el deseo desprovisto de la debida limitación que impone la sobriedad, se excede, transgrediendo las fronteras y terminando por convertirse en letal, tanto para uno mismo como para los demás.

Una persona sobria es alguien que vive inmerso en el mundo y está expuesto a la multitud de estímulos presentes en él, pero que es capaz de discernir cuál es la respuesta justa que merecen. Sabe que es cuestión de calidad antes que de cantidad, que el sabor de las cosas no reside en el acopio, sino en el discernimiento.

Ser sobrio no está reñido con el gozo de vivir ni con la voluntad de disfrutar de todo cuanto la realidad nos brinda. No es una especie de autocensura que actúe sobre el inconsciente, es más bien todo lo contrario, la condición de posibilidad para ser capaces de vivir verdaderamente una existencia jubilosa con unas relaciones intensas y extendidas en el tiempo.

La mesura no es un alegato en contra de la vida, sino una condición para vivir más intensamente todo lo que aquella ofrece. La sobriedad es una virtud de moderación y control que nos permite discernir aquello que realmente nos hace falta para tener una vida sencilla y honrada. No hay que confundir la sobriedad con la pobreza. Alguien sobrio no es una persona mísera. No obstante, también existe la pobreza como elección fundamental, aunque poco corriente en nuestro entorno; es una decisión propia de quienes movidos por razones espirituales desean liberarse de toda atadura, incluida la de los bienes materiales.

La riqueza material y la debilidad por las posesiones alejan a la persona de aquello que tiene realmente un valor, de aquello que es lo esencial. El centro de la vida espiritual es la deidad, algo que no es un objeto sino la fuente de toda realidad, la invisible vida que alimenta a todos los seres y los fija en la existencia. Desde esta opción de vida lo único perenne es aquello que no podemos percibir con la vista. El centro de la vida espiritual es lo invisible y la pobreza no es un corolario sino un modo de llegar a disfrutar más plenamente de aquel, que lo traspasa todo.

La sobriedad no es despojarse de todo y arrostrar una indigencia material, reside en tener lo que hace falta, aquello que es indispensable, y saber despojarse de lo que es excesivo, desmesurado u ornamental. La sobriedad es una manera de desprenderse del deseo de tener y acumular; de aparentar, impelidos por el querer ser más que los demás. Una persona sobria se sirve moderadamente de sus dineros o bienes, y sus hábitos de trabajo y de ocio son ordenados. El sobrio no tiene interés alguno en convertirse en el centro de atención. Se manifiesta y explica su parecer cuando se le pregunta, pero evita en la medida que puede monopolizar la conversación; huye del hablar grandilocuente, las bromas poco afortunadas y la algarabía aparatosa.

En entornos competitivos es donde se pone a prueba a la sobriedad, colocada contra las cuerdas por el afán de rivalizar con los demás y demostrar que uno es mejor, más importante e inteligente. Sin embargo, la sobriedad no está reñida con el espíritu de superación, la voluntad de esforzarse o el impulso por mejorar y perfeccionarse en todos los terrenos. La persona sobria se manifiesta con sencillez; no se hace notar, se pone al servicio de los demás con todo lo que tiene.

 
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