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Orar sin desfallecer



14 de Octubre de 2016
Redacción
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Comentario a las lecturas del próximo domingo, de la mano de Osvaldo Aparicio ss.cc., párroco de los Sagrados Corazones de Madrid.


Jesús nos recomienda hoy, con la parábola del juez injusto y de la pobre viuda, que debemos orar y suplicar a Dios con insistencia y perseverancia, ya que, si un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres, era capaz de escuchar a una viuda pertinaz y molesta, ¿cómo Dios no va a escuchar y hacer justicia a quienes le claman día y noche?

Orar con insistencia, nos dice Jesús, pues Dios nos escucha; sin embargo, ¿tenemos siempre la sensación de ser escuchados por Dios? Con no poca frecuencia, tras haber suplicado una y otra vez, no podemos menos de quejarnos y decimos: ¡Para qué insistir si Dios no me escucha! No percibimos la respuesta divina y el silencio de Dios nos desconcierta. Nos sumerge en un mar de dudas y hace que se tambalee nuestra fe.

Además nuestra oración de petición no debe ceñirse a solicitar favores personales o familiares. En nuestra oración deben estar presentes los grandes problemas y sufrimientos de nuestro mundo. Nos duelen las guerras con sus violencias, muertes y gentes que huyen despavoridas, como ahora en Libia; nos parten el corazón los pueblos que sufren sed y hambrunas; el sufrimiento de los inocentes, sobre todo de los niños, nos resulta incomprensible; nos sentimos desolados e impotentes ante la destrucción de pueblos enteros a causa de las fuerzas desatadas de la naturaleza como recientemente en Haití… Podríamos seguir enumerando situaciones de dolor incomprensible. La lista sería interminable. Y ante tanto mal que nos invade, surge la eterna y lacerante pregunta: ¿Dónde está Dios? ¿Qué hace? ¿Por qué no lo remedia?

Nosotros no cesamos de suplicar el auxilio divino, pero llega a sucedernos como a Moisés en el relato del Éxodo (1ª lect.) que se nos cansan los brazos de tanto alzarlos en actitud suplicante a Dios.

El mismo Jesús, que nos pide hoy que seamos insistentes en la oración, palpó el silencio y el abandono del Padre al verse colgado en una cruz a causa de la gran injusticia humana. En esos momentos su oración fue un grito suplicante y desgarrador: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Jesús, tras la gran oscuridad en que se vio sumergido al palpar en sus propias carnes el dominio del mal, fue viendo la luz. La confianza en el Padre fue abriéndose camino y le llevó a ponerse en manos de Dios. Su angustiosa queja se tornó en oración confiada y serena: ¡Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu!

La luz en el misterio del mal puede ir abriéndose camino en nosotros si elevamos nuestra mirada de fe a la cruz; así nos lo pide el evangelista Juan: Mirarán al que atravesaron; volverán su mirada a Jesús cuyo costado abierto es signo de que el amor es más fuerte incluso que la muerte. El Crucificado cargó sobre sí, por amor, con todo el mal del mundo y lo transformó en vida y resurrección. El misterio de la Cruz arroja luz sobre el misterio del mal.

La mirada al Crucificado nos hace intuir que tras la cruz viene la luz, enseñándonos que el mal ni es definitivo ni tiene la última palabra sobre la humanidad. En el libro del Apocalipsis Dios nos dice: Mira, hago nuevas todas las cosas.

Esta mirada creyente y confiada en el Crucificado nos llena de esperanza. El mal, todo mal será vencido por el Bien; pero esta espera y esperanza en un mundo nuevo no pueden llevarnos a cruzarnos de brazos, sino que deben espolearnos a trabajar ahora para ir eliminando el dolor y el sufrimiento de nuestro mundo como hizo Jesús, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal (Ver Hech 10, 38).

 
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