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Dios y el dinero



18 de Septiembre de 2016
Redacción
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Comentario a las lecturas de este Domingo, de la mano de Osvaldo Aparicio ss.cc., párroco de la Parroquia de los Sagrados Corazones de Madrid.


Una vez más la Palabra de Dios nos pide que reflexionemos sobre la riqueza y que analicemos cuál es nuestra relación con el dinero.

El profeta Amós en la primera lectura denuncia la injusticia de la sociedad en la que vive. Denuncias hechas hace veintiocho siglos y que tienen toda su vigencia para nosotros.

El profeta dirige sus fuertes palabras a quienes, llevados por sus ansias de riquezas, no dudan en exprimir a los demás y en pisotear sus derechos: Escuchad los que pisoteáis al pobre y elimináis a los humildes del país… Jura el Señor que no olvidará vuestras acciones.

Jesús no le va a la zaga al profeta en su denuncia de la riqueza injusta. ¿Por qué Jesús aplica un calificativo tan duro al dinero? ¿Por qué Jesús nos advierte con tanta insistencia contra el peligro de las riquezas?

No podéis servir a Dios y al dinero. La traducción exacta del texto es no podéis servir a Dios y al dios dinero. No cabe duda que la inclinación de la naturaleza humana es dejarse deslumbrar y subyugar por la riqueza. Hacemos de ella un dios, el tesoro en el que ponemos nuestro corazón y en el que ciframos nuestra felicidad: Donde está tu tesoro, nos dice Jesús, allí está tu corazón. Poner en el dinero nuestro corazón y nuestra confianza implica desconfiar de Dios, suplantándolo por nuestro egoísmo y codicia.

Poner el corazón en el dinero nos lleva también a eliminar al hermano del horizonte de nuestras vidas y a explotarlo y exprimirlo como nos decía el profeta.

Ningún siervo puede servir a dos señores, añade Jesús, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso al segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.

Jesús nos habla de riqueza injusta, quizás porque han sido amasada con malas artes o porque la acaparamos egoístamente sin compartirla con el hermano. Es injusta cuando privamos a los bienes del destino que Dios les ha dado. La riqueza y los bienes, en el querer de Dios Padre creador, tienen una dimensión universal, comunitaria y social. El Concilio Vaticano II nos recuerda que los bienes creados deben llegar a todos de forma justa… Jamás se debe perder el sentido universal de los bienes.

Por eso hoy nos dice Jesús ganaos amigos con el dinero injusto. Empleando una expresión actual, podríamos decir que nos está indicando que blanqueemos ante Dios nuestros bienes; poniéndolos al servicio de una sociedad más igual y justa, y compartiéndolos con los predilectos de Jesús, los pobres y necesitados.

 
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