Noticias

La historia de un amor



27 de Agosto de 2016
Redacción
(0) Comentarios

En el encuentro de hermanos que se preparan para los votos perpetuos en Filipinas, el padre Enrique Moreno Laval va haciendo un recorrido por la vida de nuestros Superiores Generales. En esta ocasión ha contado la historia del P. Jean d’Elbée, sexto Superior General de la Congregación.


Sus familias se conocían desde hacía un buen tiempo. Sus madres era amigas íntimas, en una amistad forjada por años, al ser parte del “mundo militar” francés de sus maridos, oficiales de carrera. Ambas familias compartían similares valores culturales y sentimientos religiosos. Fue en una peregrinación al santuario mariano de Lourdes, cuando sus hijos, los jóvenes Claudio d’Elbée y Luisa de Sèze, pudieron compartir un poco más. Mientras sus madres disfrutaban de una conversación amable, ellos hacían lo propio, conociéndose, compartiendo anhelos y haciendo propósitos de seguir encontrándose. Luisa diría después: “Esa fecha del 11 de febrero de 1913 marcó para siempre nuestras vidas”. Claudio tenía entonces 21 años y Luisa, 19.

Se casaron en 1918. A los pocos meses, otro misterioso amor se fue haciendo cada vez más consciente, en la medida en que frecuentaban al padre Mateo Crawley, de los Sagrados Corazones. Con una fuerza difícil de explicar, el amor por el Corazón de Jesús se instalaba en sus vidas con sugerencias inesperadas, que fueron perfilando en ambos una nueva vocación dentro de esa vocación matrimonial que los mantenía unidos con tanto amor. Un día, cuenta Luisa, “vi a Claudio venir de lejos, caminando hacia mí, y me pareció que algo había cambiado en su rostro, y, no sé por qué, pensé: Lo he perdido, ya no me pertenece…” Conversaron.

Conversaron muchísimo en esos días. Fue el comienzo de un proceso de discernimiento que los llevó a la certeza de que Dios los llamaba a seguir a Jesús en una consagración religiosa. Pero, ¿cómo hacerlo? Estaban casados, y querían que su matrimonio fuera por siempre indisoluble. Se amaban mucho como esposo y esposa, pero estaban dispuestos al desapego total, si se trataba de ser fieles al llamado que iban experimentando. En el caso de Claudio, ¿cómo obviar el derecho canónico que le impedía ser sacerdote estando casado? Apoyados por el cardenal Mercier, arzobispo de Bruselas, y siempre acompañados por el padre Mateo, Claudio y Luisa, cada uno por su lado, pero en los mismos términos, escribieron al papa Benedicto XV. El 11 de junio de 1920, el papa firmó un “decreto de indulto” para que el proyecto de Claudio y Luisa fuera posible. Ese año, en ese mismo día, la Iglesia celebraba la fiesta del Corazón de Jesús.

El 8 de diciembre de 1920, el propio Claudio fue a dejar a Luisa, su esposa, al convento de las Carmelitas en Lovaina (Bélgica); y, al día siguiente, él mismo hizo su ingreso al noviciado de los Sagrados Corazones, en Montgeron, cerca de París. Ella tomó el nombre de Claire y, él, el de Jean du Coeur de Jésus. En 1924, ambos profesaron sus votos perpetuos, el mismo día, pero en lugares distintos. El 2 de agosto de 1925, él fue ordenado sacerdote en la iglesia del Carmelo de Lovaina, en la presencia de su esposa. La madre Claire llegó a ser priora de su convento y falleció en 1980; el padre Jean fue el sexto superior general de la Congregación de los Sagrados Corazones y falleció dos años más tarde, en 1982. La madre Claire recordará después lo que le dijera a su esposo cuando ambos se despedían en el convento del Carmelo: “Nada impedirá que sigamos siendo uno; nuestra confianza mutua, el uno en el otro, será siempre total y cada vez más y más profunda”. Y así fue. Luisa (Claire) entendería finalmente que nunca había perdido a Claudio (Jean) su esposo: lo había conservado como nunca antes lo pensó, “en el amor del Corazón de nuestro Señor Jesús”.

Esta historia, entre otras, la conté el viernes pasado a ocho religiosos jóvenes que se preparan para sus votos perpetuos, aquí en Filipinas. Se trataba de un tema previsto para este tiempo: recorrer nuestra historia de congregación a través de nuestros superiores generales. Disfruté al percibir que estos jóvenes seguían muy entretenidos los pormenores de esta love story; pero confío en que, por sobre todo, hayan podido comprender el misterio de los llamados de Dios, quien a menudo nos sorprende de las maneras más insospechadas. Este Dios que no anula el amor humano, sino que, por el contrario, lo valora, lo asume, y lo integra en un amor siempre mayor. Este Dios que merece finalmente todo nuestro amor.

 
Comentarios
 
Déjanos tu opinión:

Nombre:
   

Dirección de E-mail:
   

Comentario:

 
 


Reload Image

Código:

 
   
 
Compartir

  • Print this article!
  • Digg
  • Sphinn
  • del.icio.us
  • Facebook
  • Mixx
  • Google Bookmarks
  • Meneame
  • Technorati
  • TwitThis
  • Netvibes
  • MySpace
  • LinkedIn
  • Turn this article into a PDF!
  • E-mail this story to a friend!