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Jesús nos enseña a orar



24 de Julio de 2016
Redacción
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Comentario al Evangelio dominical, de la mano de Miguel Díaz Sada ss.cc., párroco de Ntra. Sra. de la Encina (Salamanca).


(Foto de Manuel Gª Ripado ss.cc.)

Con frecuencia nos lamentamos de que no sabemos orar; nos distraemos; nos cansamos; hasta llegamos a pensar que Dios no nos escucha y, sin embargo, ¡qué importante es orar para mantener viva la llama de la fe y sentirnos acompañados en la vida por un Dios padre y madre!

Los discípulos veían que Jesús rezaba con frecuencia, que se retiraba a orar. Daba gracias a Dios por la gente sencilla y buena que encontraba; pedía fuerza y ánimo en momentos difíciles, como en el huerto de los olivos o en la cruz. Cuando oraba se le iluminaba el rostro como en la transfiguración.

Porque veían lo importante que era para Jesús la oración, le dicen sus discípulos: “Enséñanos a orar como oras tú”. Entonces Jesús pronuncia las palabras del “padrenuestro”.

Padre: no juez ni soberano ni rey ni omnipotente, sino ¡Padre!. Es el primer grito que brota del corazón creyente. Los especialistas de la Biblia nos recuerdan que la palabra que Jesús utiliza -abba- equivale a “papá”, esa forma tan familiar e íntima con que uno niño pequeño acude a sus papás. Es la ternura y confianza con que Jesús y sus discípulos nos dirigimos a Dios en la oración.

Basta con decir de palabra y de corazón “Padre”, para que ya estemos rezando como Jesús. Y continuamos, Padre “nuestro”: el corazón se ensancha dando cabida a todos como hermanos. Para un cristiano ya no es posible llamar a Dios Padre sin sentir la fuerza de fraternidad que de Él brota.

Cuando fuimos bautizados, Dios nos dijo llamándonos por nuestro nombre: “tú eres hijo mío”. En la medida en que crecemos y tomamos conciencia de nuestra condición de cristianos, brota espontáneamente de nuestros labios: “Tú eres mi Padre”, “nuestro Padre”, “PADRE NUESTRO” Cada vez que rezamos esta oración que Jesús nos dejó, como su más preciosa herencia, que Dios Padre reconozca en nuestra voz la voz de su hijo Jesús y encuentre en nuestros corazones las mismas actitudes del Corazón de Cristo.

 
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