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En memoria del P. Emilio Vega en Málaga



18 de Junio de 2016
Redacción
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Compartimos con vosotros la homilía de Pablo Márquez ss.cc., en la eucaristía celebrada esta semana en la Parroquia de Virgen del Camino, de Málaga, para dar las gracias por la vida del P. Emilio Vega García ss.cc.


“Una vez en una reunión de curas de la Diócesis se acercó a Emilio un cura que iba vestido de clériman. Le preguntó ¿usted es sacerdote?. En una reunión donde solo había curas la respuesta era evidente. Pero este sacerdote quería hacerle ver a Emilio que si fuese vestido de clériman todo el mundo sabría que es cura y no tendía que preguntárselo. Cada cierto tiempo le iba haciendo la misma pregunta. ¿Es usted sacerdote? Hasta que ya le agotó la paciencia a Emilio y le respondió: ¡sí, soy sacerdote, y de los buenos!

Y era verdad, era un sacerdote y de los buenos. Por eso estamos hoy aquí, para dar gracias a Dios por su vida, para darle gracias por los cuatro años que compartió con nosotros en la parroquia. Podríamos hoy hablar mucho de Emilio, de todo lo que hizo, de todo los sitios donde estuvo, de todas las misiones que se le encomendaron en la Congregación… Todo eso le ha ido configurando, pero hay dos cosas que hicieron de Emilio ser la persona que fue: su familia y la fe. A Emilio siempre le gustaba aderezar las homilías con sus historias. Consiguiendo unas homilías instructivas a la par que largas, para deleite de algunos y sufrimiento de otros. Contaba sus aventuras en distintos viajes, historias de santos, cuando iba a merendar a casa de los padres de Ricky Martin, cuando hizo esto o lo otro… Pero siempre acababa hablando de su familia.

Y es que a Emilio siempre se le llenaba la boca cuando hablaba de su familia. Decía que en el convento había aprendido mucho, pero que las cosas de la vida las había aprendido en casa. De su abuela, y sobre todo de su madre, doña Teresa. De ella aprendió mucho, y Emilio la quería con locura, porque ella le transmitió lo más grande que tenía, la fe. La fe es lo que le llevó a descubrir que Dios quería de él que fuera sacerdote. Lo tenía ya casi todo preparado para entrar en los jesuitas, pero conoció a los Sagrados Corazones gracias al padre León, hermano del padre Ángel. Y así se fue a Miranda a estudiar. Y ya desde entonces su vida estuvo ligada para siempre a los Sagrados Corazones.

Siempre ha estado disponible para lo que la Congregación le pidiese, lo mismo en España, que en Puerto Rico, que en los Estados Unidos o en Italia. Él siempre dispuesto a todo.

Y es que Emilio se atrevía con todo, era una persona sin vergüenza, que lo mismo le llevaba a embarcarse en cualquier aventura o ponerse a charlar con cualquiera.

Ahora que hablamos tanto de ser una parroquia o una iglesia en salida, él ya lo hacía a su manera. Cuando iba a decir la misa a la casa del Sagrado Corazón, se ponía ya el alba en casa e iba en coche o en el autobús ya revestido. Y no perdía la oportunidad de hablar de Dios con cualquiera que pillara.

En Roma estuvo diez años, haciendo un gran trabajo como postulador. Se encargó de dar a conocer por el mundo entero al padre Damián y trabajó por su canonización, fue él quien llevó el proceso de la beatificación del padre Eustaquio y quién dejó encauzada la de los mártires del siglo XX en España.

Los que hemos vivido con Él, sabemos que se preocupaba mucho por los hermanos, que nos quería y a su manera nos cuidaba. Él lamentaba no poder hacer más cosas en la Parroquia, pero siempre estaba al día preguntado por todos los quehaceres. A mí me cogió especial cariño cuando se enteró que le dio clase a mi padre estando él de estudiante en Sevilla y mi padre en parvulitos. Siempre me preguntaba con cariño ¿qué tal está Luisito?

Emilio era un gran personaje, en el mejor sentido de la palabra. Genio y figura hasta la sepultura. Y en él se cumple este dicho, porque en mi vida he visto un ataúd más grande que el suyo. De gran tamaño, porque grande era su corazón.

Era un hombre de Dios, que amaba a la Congregación y a la Iglesia. Por eso a veces era tan crítico con ellas porque las sentía como algo suyo. Emilio era muchas cosas, pero sobre todo era un hombre de fe. Tenía claro lo que hemos escuchado de san Pablo “En la vida y en la muerte somos del Señor”. Por eso ha vivido toda su enfermedad desde la fe, como una manera de unirse más a Dios. Cuando le preguntaban cómo estaba, él siempre respondía “bien, o te lo cuento” Y es que en su manera de ser estaba el responder siempre con buen humor.

Él no tenía miedo a la muerte, sabía que llegaría y la miraba de frente. Lo único que le daba miedo era la manera de morirse, le daba miedo morir asfixiado. Era la incertidumbre de no saber si esa tos sería la última. Pedía a Dios morir sin sufrir, y así fue.

Emilio cuando marchó al Escorial sabía que su tiempo se iba agotando, y empezó a prepararse para morir. Como en el Evangelio, no sabía ni el día ni la hora, pero sabía que estaba cerca. Dicen que moríamos como vivimos, que en nuestro morir se pone de manifestó cómo somos realmente y lo que llevamos por dentro. Emilio, una vez más, demostró ser un hombre de fe. Pocos días antes de morir escribía para la web de la Parroquia “ahora ha llegado el tiempo de descubrir que no estás destinado a quedarte aquí y todo sirve para aprender a volar más alto. Yo ya noto que me están saliendo alas”.

Querido Emilio, hoy rezamos por ti, esperamos que esas alas te hayan llevado a la casa del Padre. Allí habrán intercedido por ti, San Damián de Molokai, el beato Eustaquio, el beato Teófilo y demás compañeros mártires. Querido Emilio, intercede tú ahora por nosotros.

P. Pablo Márquez ss.cc.

 
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