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La clase de religión



03 de Junio de 2016
Redacción
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Columna de Enrique Losada ss.cc., en la revista 21 de este mes de junio que acabamos de estrenar.


No es fácil dar clase de religión. Tal vez nunca lo ha sido, pero hoy en día, los que se dedican a ello seguramente que suscribirían inmediatamente mi afirmación. Los motivos son variados.

La ciencia, en nuestro mundo, se ha convertido en el modo de conocimiento por excelencia. Todo otro tipo de conocimiento se valora a partir de la convicción de que la realidad que no se explica científicamente o no existe o es de categoría inferior. Sin embargo la Teología, fundamento teórico de la enseñanza religiosa, se comprende desde una aceptación de la trascendencia de Dios y de la capacidad del ser humano de abrirse al Misterio, que nos da origen, fundamento y sentido. Realidad que no podemos abarcar ni comprender en su plenitud pero que es condición de posibilidad de nuestra capacidad de conocer y actuar libremente en la vida. Este presupuesto es muy contestado por la mentalidad que eleva la ciencia a verdadero y exclusivo conocimiento de la realidad.

En este contexto socialmente aceptado, la clase de religión se tendría que reducir a la mera información sobre el fenómeno religioso en sus diversos aspectos: históricos, éticos, psicológicos, sociales y culturales.

Sin embargo la formación religiosa va mucho más allá. Por lo pronto supone una crítica a la pretensión de exclusividad de la racionalidad instrumental. Pero, lo que es más importante es que no se queda solamente en los aspectos cognitivos de la persona. La formación religiosa encamina hacia el Misterio de Dios. La oración y la liturgia tienen un papel muy importante en esa formación. Una realidad a la que se reza y que se celebra es una realidad que nos supera y nos abarca, es la realidad del Misterio infinitamente más rica que una realidad que se conoce, se controla, se modifica y, tantas veces, se domina, como los objetos de la ciencia y de la técnica.

¿Puede hacer todo esto la clase de religión? ¿No es pedir demasiado? ¿No habría que distinguir entre clase de religión y formación religiosa? Tal vez esa distinción permitiría un diálogo más valioso sobre este delicado tema en nuestra sociedad.

 
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