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Dios Padre está cerca del que sufre



28 de Febrero de 2016
Redacción
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Comentario al tercer domingo de Cuaresma de la mano de Miguel Díaz Sada ss.cc., párroco de Ntra. Sra de la Encina, en El Encinar (Salamanca).


(Fotografía de Manuel García Ripado ss.cc.)

Dios ve la opresión. A sus oídos y, sobre todo a su corazón, llega el sufrimiento de un pueblo. Cuando Moisés le pregunta por su nombre, Yahvé responde: Yo soy el que está y estará contigo, el que te acompaña y te acompañará siempre, el que sufre como propia la suerte del pueblo oprimido. ¡Qué contraste con un Dios lejano de la historia, juez del final de los tiempos e indiferente al sufrimiento real de las personas y los pueblos!

Noticias del día: Herodes ha hecho matar a un grupo de galileos rebeldes. Se ha caído la torre de Siloé y ha aplastado a 18 personas. Ha habido un tsunami; han muerto decenas de miles de personas y un número ingente de familias han quedado sin hogar. Una persona amiga ha muerto de accidente de coche, a otra se la ha declarado un cáncer...

Jesús, ¿nos puedes comentar estas noticias?

Dios no distribuye caprichosamente bienes o males, salud o enfermedad, como si castigara a unos y premiara a otros. No creo en este Dios ni de- beis creer vosotros. Creo en un Dios Padre-Madre que mira, ve, se con- mueve y comparte el dolor de tantas familias y pueblos que sufren a causa de terremotos, injusticias, accidentes, enfermedades. En cualquier caso, no os creáis mejores que ellos porque no habéis sufrido las consecuencias de una catástrofe, ni más bendecidos por Dios que los países empobrecidos de África. El Dios en quien yo creo, nos dice hoy Jesús, siempre está cerca de vosotros y, más si cabe, de quien más sufre.

Tiempo de gracia: “Espera un año más”, dice el viñador; “espera una cuaresma más, 40 días o 40 años más”, decimos nosotros. Dios es paciente y espera para que nos convirtamos y demos fruto. Nos ofrece un nuevo tiempo de gracia.

Conversión: volver la mirada y el corazón a Dios y sentirle cercano y amigo de la vida y de una vida plena para todos sin excepción; creer en un Dios que acompaña con especial predilección la vida en quienes ésta es más frágil: niños, enfermos, ancianos, marginados, refugiados...

 

 
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