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¡Escuchemos a Jesús!



21 de Febrero de 2016
Redacción
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Comentario al Evangelio dominical de Osvaldo Aparicio Jiménez ss.cc.


(Foto de Manuel García Ripado ss.cc.)

Nuestro mundo y nuestra sociedad, nuestras y familias y cada uno de nosotros estamos pidiendo a gritos ser transformados o “transfigurados”. Incluso san Pablo nos dice que la creación sufre dolores de parto y vive en la esperanza de verse liberada de la servidumbre de la corrupción y poder así participar en la libertad de los hijos de Dios (cf. Rom 18, 20 ss).

Es mucho el sufrimiento que hay entre nosotros: desde los males que afectan a la humanidad (injusticia y hambre, fanatismos y persecuciones, violencias y guerras, refugiados y gentes que huyen de sus países, ambiciones y corrupciones…) hasta el dolor que acompaña a cada una de las personas (enfermedad física, psíquica o espiritual, angustia, soledad, penuria económica, falta de trabajo…).

El Evangelio quiere que volvamos la mirada hacia Jesús. Él sufrió en sus propias carnes el dolor humano y experimentó en sí mismo todas nuestras flaquezas; por eso él es capaz de comprendernos, de compadecernos (padecer con nosotros) y de ser misericordioso, asumiendo en su corazón nuestro propio sufrimiento (cf. Heb 5, 2 ss).

El segundo domingo de cuaresma nos presenta el relato de la transfiguración de Jesús para infundirnos esperanza en el camino cuaresmal, símbolo de lo que es nuestra propia vida.

Pero este relato evangélico no se puede separar de su contexto, que nos habla de cómo Jesús, ante el trance de dolor por el que está pasando, abre su corazón a sus discípulos y les dice que el Hijo del hombre tiene que sufrir mucho, ser rechazado y morir. Jesús necesita, además, explayarse con su Padre Dios y descargar en Él sus temores y congojas. Sube entonces a lo alto del monte para orar. Se pone bajo la mirada del Padre tal como se encuentra. En ese diálogo confiado con el Padre siente que su presencia amorosa lo invade tan intensamente que lo transfigura: Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor. La oración con su Padre hace que sus miedos, dudas y temores se transformen en esperanza profunda, al mismo tiempo que le llena de coraje para seguir su camino por más cuesta arriba que se le ponga.

En la oración experimenta Jesús también su condición de Hijo predilecto: Una voz desde la nube decía: este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo.

Esta voz que sale de la nube nos está diciendo, como a Pedro, a Santiago y a Juan que acompañaban a Jesús, que escuchemos a Jesús. Escuchar a Jesús es imitarle y hacer lo que él nos dice. Jesús compartió el dolor de la humanidad y trabajó por aliviarlo. A nosotros nos deja su ejemplo y su palabra para que seamos misericordiosos y tratemos de aliviar el sufrimiento de nuestra sociedad y de “transfigurar”, de transformar nuestro ambiente: La predicación de Jesús nos presenta las obras de misericordia para que podamos darnos cuenta de si vivimos o no como discípulos suyos (MV 15).

Si el domingo pasado nos invitaba Manos Unidas a dar de comer al hambriento, hoy, teniendo en cuenta que el día 11, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, se celebraba la Jornada Mundial del Enfermo, podemos resaltar una nueva obra de misericordia: asistir o visitar a los enfermos. Jesús, que experimentó en sí mismo todas nuestras flaquezas, nos dice: estuve enfermo y me visitasteis o estuve enfermo y no me visitasteis.

 
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