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Crónica de la reunión de superiores y superioras con Sebastián Mora



16 de Febrero de 2016
Poldo Antolín ss.cc.
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En el encuentro de superiores/as de este año hemos tenido la suerte y el privilegio de contar con un hombre que, por su formación y el cargo que ocupa, posee un conocimiento de la sociedad actual y de la vida de la Iglesia tan amplio -y a la vez tan crítico-, que ha podido con su análisis conseguir con fuerza y provocación lo que pretendían los organizadores: invitarnos a una vida religiosa “en salida”.


Sebastián Mora, secretario general de Cáritas Española

Sebastián Mora, Secretario General de Cáritas Española y miembro de Cáritas Internationalis, capta tu atención en cuanto comienza a hablar, no divaga, presenta datos pero sin apabullar, sabiendo interpretarlos y sacando consecuencias de ellos. No se nutre solo de las estadísticas, las enriquece con ejemplos de la realidad, presentando situaciones personales muy identificables por todos, que hacen ver lo que quiere expresar, y lo hace, evidentemente, desde un posicionamiento cristiano, eclesial y de opción por los pobres que no admite duda. Evita adulaciones, no regala el oído a nadie, cuestiona mucho, hasta el punto de que un hermano al concluir su segunda charla me dijo: “nos está dando un repaso….” y, sin embargo, resulta amable. Sus referencias sociológicas, filosóficas, teológicas y espirituales hacen que su discurso no solo esté bien fundamentado sino enmarcado y relacionado. Su visión de la realidad te obliga, de alguna manera, a posicionarte, pero no a la ligera. En su ordenada exposición quiso hacernos ver que esta “Iglesia en salida” a la que nos invita el papa no consiste en desmontar la tienda e irnos a otra parte sino en entrar en un proceso que incluye necesariamente tres momentos (sus tres charlas):

• Primer momento: “Hacerse cargo de la realidad”.

Antes de nada hemos de tener claro en qué mundo estamos y qué cosas le caracterizan. Vivimos en un escenario de tal complejidad que no podemos ir a él desde posturas o respuestas simplistas, no podemos ignorar matices y plantear soluciones unívocas como hacen tantos fundamentalismos de dentro o de fuera de la Iglesia. Vivimos además en un mundo de incertidumbre, donde lo que puede pasar es que pase cualquier cosa, un mundo tan saturado de información y tan falto de formación que produce “ignorancia informada”, algo que nos atonta e impide que transformemos la realidad, pues solo los que saben organizar los datos lo hacen. Un mundo que ha pasado de una vulnerabilidad individual a estructural, que hace que quien no pensó que tendría que acudir a Cáritas lo haga, un mundo en el que aumentan las desigualdades y la salida de la crisis se vincula solo a aquellas personas emprendedoras que suelen ser las más cualificadas y a las que, muchas veces, la Iglesia educa, sin saber que con ello aumenta y pone el listón más alto para aquellos que están en mayor desigualdad. El resultado es que la pobreza se ha extendido y cronificado, pues la riqueza creada no hace disminuir los pobres, es decir, se da un tipo de crisis económica que no es tanto de producción cuanto de solidaridad: no es que no haya dinero, que lo hay, sino que no se sabe qué hacer con él, por eso es tan significativa la frase de los pobres: “no nos asusta la pobreza, nos indigna la desigualdad” (que no teniendo comida vea cómo se tira). Y un mundo donde la colonización de lo económico hace que la gente se integre por lo que consume, un mundo líquido que genera personalidades débiles psicológicamente pero por debilidad de sentido. Y esta es la crisis mayor, que tiene que ver con la ruptura de un universo religioso que no ha sido sustituido.

Segundo momento: Encargarse de la realidad

Este hacerse cargo de la realidad no tiene que robarnos la esperanza. Pero sí iluminar cómo encargarnos de ella y la única manera de hacerlo es yendo a la periferia, pues desde el centro no se abarca todo. Ante Goliat solo nos queda salir a las periferias y trabajar de una determinada manera. La periferia es, sobretodo, un lugar hermenéutico, es decir, un punto de vista desde donde vemos globalmente. El discurso desde el centro suele ser un discurso autorreferencial. ¿Desde dónde queremos leer la realidad? Las periferias son lugares de preguntas sin respuestas, por eso nos incomoda a quienes estamos acostumbrados a darlas. Y es que las periferias son para vivirlas, no para domesticarlas con discursos, planes o proyectos. Tampoco se trata de ir a ellas como de turismo místico, hay quien se rompe viviendo en ellas, por eso para saber vivirlas hay que evitar tres maneras incorrectas:

1-Surfista: no entramos en la profundidad de las cosas sino en su superficie, patino, no buceo, además lo hago para que me vean y vean mi figura. El objetivo es no caer. Son esos voluntariados fáciles que después de realizarlos vuelvo a lo que de verdad considero serio (el colegio, la parroquia...)

2-Smartphone: vivir la realidad en diferido, compartirla antes que vivirla, poniendo por delante de la misma experiencia todo lo virtual. Así lo que más nos preocupa es que nos vean. Hacemos documentos, análisis sobre los márgenes pero…. ¿quién los vive? Porque nos preocupa más que vivirlos enseñarlos.

3-Lavadora: la lavadora da muchas vueltas sin moverse del sitio. Y hace mucho pero todo lo que recibe lo incorpora y con su actividad lo coloca en el borde, pero dejando el centro vacío. Hablamos de la periferia como espacio de agitación que nos produce vacío existencial y nos quemamos porque a más agitación más vacío. Vivir en salida es más moverse que hacer cosas, es un compromiso a la intemperie, salir fuera del campamento. A veces nos hemos movido mucho haciendo poco y poco haciendo mucho. Por ejemplo puede haber más movimiento abriendo la casa a los excluidos que yendo donde ellos están y volviendo. Para evangelizar no necesitamos necesariamente como solemos pensar espacios de poder, formar líderes y defender nuestro mundo, evangelizar hoy puede tener más que ver con iniciar procesos de estos, que se centran más en el cómo. Sin encuentro con el rostro sufriente no hay salida, hay que servir, acompañar y descender. Si no tiene ese contacto la vida religiosa estará agitada pero no se dolerá, no sufrirá, no sentirá con los pobres y acabará sin decir nada. Y para esto generar comunidad puede ser también una gran aportación de la vida religiosa, no comunidades que digan que tienen que unirse pero eso no les lleva sino a dividirse más, comunidades que comparten su misión, no que la reparten, y comunidades abiertas a estos excluidos. O descubrimos el nosotros o la sociedad individualista podrá sobre nuestra vida religiosa. Estamos llamados también a sanar las relaciones sociales.

Tercer momento: Cargar con la realidad.

La vida religiosa ha de aparecer como algo distinto pero no distante, porque lo distinto es testimonial, lo distante raro. Hemos de buscar un realismo tensional o realismo esperanzado que nos haga saborear lo que existe pero buscando lo nuevo, reconociendo la pobreza de nuestras instituciones y personas pero también la potencialidad de sus muchos recursos. Es bueno olvidar el idealismo de la vida religiosa que nos ha hecho creernos los mejores: “somos los mejores y nos caracteriza la humildad”. Para ello hemos de:

- Saber desaprender, nosotros que hemos sido educados para enseñar. Decirnos con el maestro Eckart: “Dios mío, líbrame de mi Dios”, para acceder a la historia e ir a la realidad no por los caminos de siempre, que “a vinos nuevos, odres nuevos”.

- Tener inocencia para crear, sin dejarnos abatir por el “eso ya lo intentamos”, “lo hicimos pero fracasó”…

- Salir de la lógica de la escasez, del número, de la edad, que es una lógica triste y autorreferencial, pues lo que tenemos puede multiplicarse si nos ponemos a servir. - Saber que es tiempo de los ensayos, el Espíritu Santo es inventor. No tener miedo a fracasar. Gobernar es dar libertad para crear.

Este cargar con la realidad exige de nosotros una espiritualidad que nos lleve primero a dejar hablar a Dios, después a hablar con Dios y solo por último a hablar de Dios. Para ello necesitamos ahora más silencios que palabras, más esperas que actuaciones.

Esto conduce también a un cambio de modelo pastoral: en el que no basta el modelo que parte de la predicación explícita del kerigma (modelo-charla), ni tan siquiera el de Emaús, que significa ponerse a caminar con el otro hasta que la conversación descubre a Jesús y entonces el Kerygma se expresa, sino que hemos de aprender el modelo de Jesús con la Samaritana donde el mismo Señor dice “dame de beber”. Hemos de pedir a esa realidad que nos de de beber. Para eso hemos de entrar “más adentro en la espesura” (S. Juan de la Cruz), “salir de nuestro propio amor, querer e interés” (S. Ignacio de Loyola). Estamos en momento más de aprender que de enseñar, momento para la apología de la caridad, más que de palabras, porque necesitamos más testigos que teólogos, como nos está demostrando el papa Francisco.

Por último en nuestro discernimiento podríamos preguntarnos: ¿estamos con quien nadie quiere estar?¿donde nadie quiere estar?¿como nadie quiere estar? ¿Qué estamos aportando y qué nos está impidiendo aportar?

Igual viviendo esto pueda ocurrirnos como a Jesús y sus primeros discípulos, que: “fueron, vieron donde moraba, y se quedaron con Él”

  
 
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