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Madres creyentes



20 de Diciembre de 2015
Redacción
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Comentario al IV Domingo del tiempo de Adviento, de la mano de Miguel Díaz Sada ss.cc.


"Pessebre" de la Plaça de Sant Jaume de Barcelona

María e Isabel nos señalan el camino que lleva a Belén. Nadie mejor que ellas –en estado de buena esperanza– para iluminar el camino de nuestra generación de creyentes que se prepara a la fiesta inmediata de la Navidad.

María ha dado un Sí incondicional y para siempre al anuncio del Ángel, a la inspiración de Dios: “aquí me tienes, Señor”.

Una primera reflexión: Cuando uno es capaz de dar un Sí tan definitivo y arriesgado al Señor, puede estar seguro de que Dios hará maravillas en su vida. Claro que no es fácil. María nos dice que vale la pena.

Volvamos a la escena del encuentro y del “saludo” de las dos futuras madres. María, que ya se sabe madre, se ha enterado de que también su prima va a ser madre. A toda prisa se pone en camino. Hay que compartir las buenas noticias. Quiere acompañarla y ayudarla. “Alégrate, María”, le había dicho el ángel. Tal es la alegría que lleva en su corazón que cuando saluda a Isabel, el niño salta de alegría.

Es el encuentro de dos madres creyentes que esperan el nacimiento de sus hijos como la mejor bendición de Dios. La vida les sonríe y sonríen a la vida. Dios les acompaña. Las señales son muy sencillas y humildes.

Dichosa tú que has creído; todo lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

¿Qué le ha prometido el Señor? Ser madre. Ser madre de un niño que se llamará “Emmanuel”, Dios-con-nosotros. Ser “madre” de quien cumplirá todas las promesas: “llegará un día en que los hombres ya no se adiestrarán para la guerra ... en que todos conocerán y tendrán experiencia de Dios... en que Dios enjugará las lágrimas de todos los ojos ... en que Dios preparará un festín universal”.

María se fió de Dios y de sus promesas. ¡Era creyente! No sabía ni cómo ni cuándo; pero su corazón le decía que cuando su niño naciera, todos los pueblos serían bendecidos. ¡Nosotros somos testigos!

María e Isabel acarician el fruto de sus entrañas y el fruto de su fe en el Dios de la Vida y de la historia.

¡Feliz Navidad en el Año de la Misericordia!

 
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