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La cara ácida de la fresa



12 de Diciembre de 2015
Redacción
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El diario Abc dedica un reportaje a la labor que se realiza con los inmigrantes en Huelva y, particularmente, en Mazagón, con la labor que llevan a cabo nuestros hermanos ss.cc. y voluntarios de la Parroquia Virgen del Carmen.


Páginas de la edición en papel del reportaje en

Solo en cuatro pueblos del Condado Occidental de Huelva existen 14 asentamientos, auténticos poblados levantados con maderas y plásticos. Casi cien pueblos de Andalucía tienen menos habitantes que Las Madres. En temporada alta puede llegar a los 400 habitantes. Pero Las Madres no es un complejo hotelero de una aldea rural, ni una ciudad de vacaciones aunque esté a escasos metros de la playa; es un asentamiento ilegal de inmigrantes en Mazagón, donde los montones de basuras conviven con unas estructuras de madera, ramas de árbol, plásticos, mantas, placas solares y cadenas con candados que abrazan una puerta de cartón piedra como si hubiera que blindar las cuatro pertenencias de estos sin papeles.

Aquí la «temporada alta» es cuando más mano de obra se necesita. La recogida de la fresa, esa apreciada y sabrosa fruta con una cara nada dulce a la que pocos se quieren enfrentar. LO cuenta ABC.

Chabolas que crecen desordenadamente a escasos metros de los mares de plástico onubenses, se encharcan con las lluvias y un temporal de viento puede acabar con ellas. O lo que es peor, bolas de fuego que salen ardiendo por un descuido de alguien que dejó un camping gas encendido para hacer la comida o calentar el agua para el té.

Ocurre con cierta frecuencia: hace poco en el poblado que existe al lado del cementerio de Lepe. Sólo en el Condado Occidental de Huelva, entre Mazagón, Lucena, Moguer y Palos existen 14 asentamientos chabolistas, atendidos por trabajadores sociales y voluntarios de esa sociedad civil que llega donde la Administración parece que se estancó, entre papeles, competencias, legislaciones, boletines de la provincia y edictos municipales. En total unas 3.200 personas en busca de un trabajo que no siempre llega.

Susana Toscano no es arquitecto. Pero se sabe de memoria los planos de estas casas, por llamarlas de alguna manera, levantadas con clavos oxidados y un martillo que los golpea en los tablones. «Es curioso, los de Mali hacen las chabolas cuadradas, mientras que las de Ghana son más rectangulares y grandes» explica mientras recorre el asentamiento que visita todas las semanas esta joven trabajadora de Cáritas de Huelva. «Se agrupan por países y los marroquíes están como en otro barrio más alejado», sonríe. Al fondo hay una con forma de cono invertido, como de tienda india, hecha con ramas, que recuerda a la de los pastores trashumantes.

Toscano acaba de traer a Moussa Traoere del hospital de la capital para que hable con su hermano. Llevan casi dos meses sin poder verse las caras. Si Moussa fuera un trabajador legal habría tenido un accidente in itinere, con todos sus consecuencias laborales cubiertas. Como tiene menos papeles que una liebre nadie se hace cargo del trompazo que tuvo a las seis de la mañana cuando circulaba por la carretera para ir al trabajo con una bicicleta –el medio más habitual de transporte entre ellos–, y se rompió la tibia y el peroné al darse de bruces con un obstáculo. Traoere (nos vamos a encontrar más veces con este apellido, es como nuestro López, pero con variables) nos enseña su chabola. Las cajas de frutas boca abajo son sillas, las tablas estanterías, un tablero de aglomerado abierto por las esquinas por la humedad es una mesa y un colchón en el suelo hace las veces de una cama. Moussa Traoere, 33 años, maliense, no tiene inconveniente en que le tomemos fotografías.

No es habitual. Muchos inmigrantes no quieren que su familia en África vean como viven ellos en la próspera Europa, esa tierra prometida por la que arriesgaron no solamente su dinero, hasta tres mil euros pueden cobrar las mafias por pasarlos, sino su vida. Está claro que Las Madres no es un lugar para «selfies», aunque a la entrada de algunas cabañas existan detalles tan «civilizados» como una mata plantada de guindillas para condimentar las comidas picantes que ellos tanto gustan.

Ninguno de estos temporeros –allí donde hay trabajo allá van ellos–, quieren irse de España. «No, no, aquí estamos bien», afirma Kharfa Seydy, uno de los pocos senegaleses, que lleva más de diez años en Huelva. Seydy es listo como el hambre o esta le ha hecho audaz. Políglota, habla francés, lengua nativa junto con el árabe, inglés y español. Como tiene una enfermedad en un pierna y no puede trabajar, se ha convertido en un intermediario, en un consejero, en un traductor de los jóvenes que llegan, gracias a sus habilidades sociales. Muestra orgulloso su tarjeta bancaria cuando se le pregunta qué hacen con el dinero que ganan, si lo meten en un banco o lo llevan siempre con ellos. Para Seydy la visa de plástico tiene casi el valor de un documento oficial. «Muchos de nosotros no podemos abrir una cuenta, nos exigen que hagamos un seguro de vida [sic] y nos cobran comisiones muy altas», se queja Seiba Traoré, sólo tres años en la Península tras atravesar el Estrecho en patera, «yo hay meses que no gano dinero».

Los Padres Blancos de Mazagón han instalado unas duchas y un comedor para los inmigrantes en su parroquia. La gran mayoría de ellos profesan la fe musulmana. En Palos y en Moguer van a sus mezquitas

Los jueves toca ducha caliente y desayuno. Los Padres Blancos, con Vicente Arnés a la cabeza de la parroquia Nuestra Señora del Carmen, han habilitado este espacio junto al puerto de Mazagón. Allí dos voluntarias preparan en la cocina café de puchero, galletas y reparten calor humano. El que les falta muchas veces a estas personas que han dejado tan atrás a sus familias. ¿Y qué piden sobre todo los inmigrantes ilegales? Papeles y medicamentos. Que los ayuntamientos los empadronen. Primero para poder conseguir contratos legales y segundo para dar fe del tiempo que llevan en España para en el futuro poder regularizarse. Pero aquí está el quid de la cuestión. Si dan ese paso, la administración municipal se hace responsable de un problema, bastante tienen ellos ya, añadido.

¿De quién son los asentamientos ilegales? ¿De la Junta, del Ministerio del Interior, de Extranjería, de Sanidad, de Vivienda? De todos o de nadie, la casa siempre la barren los mismos. Los que ponen el pie en la arena y hablan con ellos, los atienden, los escuchan y se hacen cargo, llámense Cáritas, Huelva Acoge, la Asociación Comisión Católica Española de Migración, Cruz Roja, los Equipos de Atención al Inmigrante (Edati) de la Guardia Civil y todas esas ONG que poco a poco arrancan compromisos con la Administración para que abra la mano con las más desfavorecidos. Y se consigue. Moguer ya tiene firmado un convenio de atención y hay un mediador social y cultural.

Asentados todo el año La realidad es la que es. La gente joven hace de temporeros, con o sin papeles. Hoy toca la fresa, luego subirán a Jaén a por la oliva. Más tarde Lérida con manzanas y melocotones, en Almería, tomates, patatas, cebollas, calabazas. En Murcia cortan flores. Cuando se les pregunta qué es lo más duro, todos coinciden que la fresa. Pero ya hay una población asentada y estable que encuentra trabajo durante todo el año, que lo mismo hace labores de vigilancia que trabaja en la preparación de la tierra. Para estos son los que los trabajadores sociales piden mejores condiciones. «Antes de gestionar los contratos en el país de origen se debería ver cuántas manos hay ya aquí», reivindica Susana Toscano de Cáritas.

     
 
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