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Gestos que evangelizan



08 de Noviembre de 2015
Redacción
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Comentario al Evangelio dominical, de la mano de Miguel Díaz Sada ss.cc.


Jesús invita a sus discípulos y a nosotros, a mirar y admirar el gesto de una viuda que pone su limosna en el cepillo del templo. Estaba viendo a gente rica que hacía grandes limosnas, con las que, en realidad se mantenía la organización del templo: obras, empleados, sacerdotes... A Jesús eso no le llama la atención; no le preocupa el templo. Su mirada de admiración se dirige a la pobre viuda. En sus “dos reales” está la vida y el corazón de esa mujer. No se desprendía de lo que le sobraba. En el cepillo ponía su vida entera en manos de Dios.

Poco antes, Jesús comentaba otra escena: escribas, con vestidos ampulosos, siempre en los primeros puestos, buscando el respeto y la reverencia de los demás...; eran los primeros en todo: en prestigio, saber y poder. Además garantizaban el buen orden en el Templo y en el culto. Jesús nos previene de su peligrosidad: ¡Cuidado con ellos! No les miréis, mirad a la pobre viuda.

“No nos equivoquemos. Estas personas sencillas, pero de corazón grande y generoso, que saben amar sin reservas, son lo mejor que tenemos en la Iglesia. Ellas son las que hacen el mundo más humano, las que creen de verdad en Dios, las que mantienen vivo el Espíritu de Jesús en medio de otras actitudes religiosas falsas e interesadas. De estas personas hemos de aprender a seguir a Jesús. Son las que más se le parecen”.

¿No serán estas personas y esos gestos sencillos y humanos las que harán realidad en nuestros días la hoja de ruta de la nueva etapa de evangelización señalada por el papa Francisco en la “Alegría del Evangelio”?

Dejemos los ropajes – palabras, ritos, organizaciones - que nos asemejan a los “letrados” del evangelio y nos alejan de la viuda humilde y pobre. A quienes tratamos de seguir a Jesús se nos pide que reflejemos en palabras y en gestos la humanidad de Jesús y la ternura de Dios. Decía el Papa a los miembros del Sínodo: “El primer deber de la Iglesia no es distribuir condenas o anatemas, sino proclamar la misericordia de Dios”.

Que la ternura y la humanidad sean los valores en que vamos formando a los nuevos cristianos, ya desde niños, en la familia, en la catequesis y en la comunidad. Sólo así abriremos caminos nuevos de evangelización.

 
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