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07 de Octubre de 2015
Redacción
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Columna "Sillita baja" de Dolores Aleixandre RSCJ en la revista 21 de este mes de octubre.


Los comentarios a la escena evangélica de la curación del sordomudo (Mc 7,31-37) suelen pasar de puntillas sobre el gesto de Jesús de tocar con su saliva la lengua de aquel hombre. Imagino que es por lo remilgados que somos en estos pagos ante la proximidad corporal de los demás y mucho más a entrar en contacto con sus fluidos: saliva, sudor, lágrimas o aliento.

A mí el gesto me conmueve especialmente y me parece que nos hace ver hasta dónde llega la implicación de Jesús con nosotros. Su decisión de incorporar su persona entera en la tarea de recomponernos y hacernos vivir en plenitud. Me evoca también eso que hacen las madres cuando acuden a ellas sus hijos pequeños llorando por una caída o un rasguño: los cogen en brazos y les ponen saliva en el sitio donde les duele, como si confiaran en el poder curativo de algo que está en ellas y que es capaz de comunicar amparo y sanación.

Algo de eso está presente en ese dedo de Jesús poniendo su saliva en la lengua del sordomudo: la escena no tiene nada de mágico o de espectacular y se parece mucho más a la ternura con que una madre acaricia a un niño herido.

 
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