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Un descanso diferente



19 de Julio de 2015
Redacción
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Comentario al Evangelio dominical de la mano de Miguel Díaz Sada ss.cc., párroco de Ntra. Sra. de la Encina de Salamanca.


(Foto de Luis López Fernández ss.cc.)

El domingo pasado, durante la eucaristía, Jesús nos llamó por nuestro nombre y nos envió a anunciar de palabra y con la vida lo que ha supuesto para nosotros el habernos encontrado con El: alegría, esperanza, sentido de la vida, apertura gratuita a los demás, presencia de Dios en nuestro mundo.

Hoy, como hicieran los primeros discípulos, comentamos con Jesús cómo nos ha ido durante la semana. Hemos tenido momentos buenos: hemos acompañado con cariño a la familia de Angélica, compartiendo el dolor de la muerte y la esperanza fe en la Vida; hemos tenido gestos de generosidad; hemos sido acogedores y amables. Alguna vez hemos hablado de Jesús y del gozo de ser cristianos. Aunque sin mucho éxito. El evangelio cotiza numéricamente a la baja. Nosotros mismos nos hemos visto tentados por los “espíritus inmundos” que habitan en el dinero, en el poder y en la imagen.

“Venid a un sitio tranquilo a descansar”. Durante el descanso, Jesús no nos cambia la tarea por difícil que nos haya resultado. Tampoco El cambió su mensaje, aunque le costara la vida. Nos pide que le miremos a El, Buen Pastor; que nos dejemos conducir, inspirar y alimentar por El y por su Palabra. Que le admiremos en su “corazón compasivo” ante la multitud desorientada y manipulada. “Y se puso a enseñar con calma”.

Además del cansancio del discípulo y evangelizador, existe el cansancio humano. Es el cansancio que puede instalarse de manera insidiosa en el corazón de cada uno de nosotros.

La vida es en gran parte repetición de tareas domésticas y laborales; todos los días hacemos lo mismo. Por eso, si no alimentamos el corazón, si no buscamos nuevas motivaciones en la vida, corremos el riesgo de caer en la rutina y en el vacío interior.

Que durante este tiempo de descanso al que Jesús nos invita, descubramos las fuentes de donde brotan la verdadera felicidad y el sentido de la vida: el diálogo en familia, la gratuidad en las relaciones, la oración, la ayuda a los demás...

Para el creyente, la vida es un regalo de Dios que hay que agradecer, disfrutar y compartir cada día.

 
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