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Adoración Eucarística para los tiempos de hoy



14 de Julio de 2015
Redacción
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Artículo de Pablo Fontaine ss.cc., publicado en el Boletín Sagrados Corazones de Perú “Nuestra Familia” nº 384-385 Junio-Julio 2015 Tomo XXVII año 48.


La presencia de Jesús en la Eucaristía se parece a los encuentros con el Resucitado que experimentaron los discípulos, como lo muestran los Evangelios: “los discípulos aún se resistían a creer por la alegría y el asombro” (Lc 24, 41).

Algo así será también nuestro encuentro definitivo cuando aparezca el Señor en su Reino: “Estoy convencido de que Dios que comenzó en ustedes una obra tan buena, la llevará a feliz término para el día en que Cristo Jesús se manifieste” (Filip. 1, 6).

Claro que nuestros momentos con Cristo en la Eucaristía se dan en la oscuridad de la fe, desde unos corazones que esperan su venida y arden en el deseo de ver al Señor cara a cara: “¿No ardía nuestro corazón mientras (el Peregrino) nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24, 32).

Para entrar en adoración frente a este Cristo que se inmola, entregando la vida, entregándonos vida, siendo nuestro alimento y misteriosa presencia en la Eucaristía, vamos de fortaleza en fortaleza. Quiero decir que necesitamos fortaleza para permanecer en ello y salimos después fortalecidos con ella.

Necesitamos fortaleza especialmente en nuestros días porque allí, “al pensar en Jesús amándolo” como decía Charles de Foucauld, nos llega, como un aluvión, toda la realidad de nuestros hermanos crucificados y de nuestro mundo crucificado.

¡Cómo no conmoverse ante tanto niño sin alimento, sin protección ni abrigo y tanta madre huyendo con los suyos, de la guerra, de la persecución religiosa o de alguna catástrofe natural! Tampoco es posible permanecer indiferente ante la pobreza masiva en nuestros pueblos o las tensiones y pecados de nuestra Iglesia.

Y también ante nuestro propio pecado que nos desgarra interiormente cuando estamos frente al Santísimo, ante aquel que mostró las llagas de sus manos y de sus pies como diciendo: “Así los he amado”. Fortaleza entonces para permanecer en una actitud receptiva y activa que nos exige, nos anima y cuestiona. En ella le presentamos a Jesús el dolor y el pecado del mundo, que es también nuestro dolor y nuestro pecado.

En una época tan apurada como la nuestra, con tal acopio de información y con tal esfuerzo continuo por vivir más humanamente, no es fácil permanecer gran tiempo en diálogo de adoración ante la Eucaristía. Feliz el que lo logre con un convencimiento que prioriza esos momentos.

Pero más allá de esos instantes privilegiados, cada uno de nosotros puede mirar con intensidad al Señor Resucitado al leer los Evangelios o las cartas de San Pablo, al contemplar la belleza de un lugar o escuchar una música que nos despierta el alma. También y más todavía al mirar niños que juegan, pobres que viven una alegría sencilla y jóvenes que se unen para exigir lo que se les debe en justicia. Y así despertar el espíritu de adoración.

Digo “mirar con intensidad”. Podría decir con cariño, con un afecto que se hace receptivo, en fin con amor verdadero. Esto me hace recordar una pareja de ancianos que, después de una vida conyugal de más de 50 años, los vi a cada uno en su silla de ruedas, simplemente mirándose. Poco podían hablar y poco se oían. Sólo procuraban besarse junto con murmurar algo ininteligible, semejante a las palabras cariñosas de antaño. Era un bello canto de amor sin artificio, pero de mucha grandeza.

De nuestros encuentros con la Eucaristía, a pesar de la modestia y fragilidad de nuestro caminar, salimos internamente fortalecidos más allá de lo que experimentamos en lo inmediato y más allá de lo que somos inmediatamente conscientes.

En la Adoración eucarística se nos invita a mirar nuestro mundo con cariño, uniéndonos a su dolor y a su esperanza. Y a través de esa mirada, somos llamados por Jesús a un diálogo con él de pocas palabras o de ninguna. En la Adoración estamos amando al Crucificado Resucitado que prolonga su sufrimiento y el triunfo de su amor a través de la historia de nuestras vidas y de nuestros pueblos: “Lo que hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” Mat 25, 40. “Conmigo”, con mi Corazón, los pobres y sufrientes crucificados son “Yo mismo”.

Este diálogo nos sumerge de algún modo en la Inmensidad de Dios ya que el mismo Señor ha dicho “el que me ve, ve a mi Padre” (Jn 14, 9). La mirada intensa interior va más allá, pero siempre a través, de la Humanidad de Cristo. Es verdadera adoración en que con el cuerpo y con el alma nos arrodillamos ante el Misterio del que fluyen nuestras vidas.

De modo que en cada adoración podemos dar esos tres pasos interiores: la realidad crucificada; Cristo crucificado y resucitado; el Misterio de Dios.

En medio de las tempestades que sacuden nuestro mundo y nuestra iglesia, ambos en continua gestación, en permanente transformación y esperanza, “corramos con perseverancia en la carrera que se abre ante nosotros, fijos los ojos en Jesús, autor y perfeccionador de la fe” (Hebreos 12,1-2). Fijos los ojos en aquella Eucaristía que alimenta nuestro compromiso y nos alienta en el seguimiento de Jesús para colaborar a darle alegría y justicia a nuestro tiempo.

Permanecer en silencio ante el Tabernáculo en una modesta capilla es un acto de amor que recoge y prepara nuestros sencillos gestos de atención al que tiene hambre, está enfermo, sufre soledad o siente que su vida está vacía. Es también participar de la alegría de Cristo: “Les he dicho todo esto para que participen en mi alegría, y su alegría sea completa” (Jn 15, 11). Es aplaudir con el espíritu su glorificación: “Padre, yo deseo que todos estos que tú me has dado puedan estar conmigo donde esté yo, para que contemplen la gloria que me has dado” (Jn 17, 24).

 
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