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Fiesta de San Damián de Molokai



10 de Mayo de 2015

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Comentario al Evangelio dominical, que en esta ocasión, 10 de mayo, coincide con la fiesta de nuestro hermano San Damián de Molokai.


Nos encontramos hoy con el corazón de la Buena Noticia proclamada y vivida por Jesús: Dios es AMOR. Dios es Padre y Madre; Dios es amigo de la vida.

Dios es amor fontal, amor gratuito, amor que libera de pesadillas y culpabilidades, amor inclusivo, nunca excluyente.
 Dios es amor incansable, amor fiel, amor de ayer, de hoy y de mañana, amor que crea y acompaña, cura y alimenta.
Amor humilde que no se impone ni esclaviza, amor que hace libres. Amor en la presencia callada y en la palabra esperanzadora.
Amor del comienzo y del final de la vida; amor creador y amor de plenitud final. Amor en el corazón de la vida.
“Dios es el que es”, no otro; es AMOR.

De este Dios-Amor es testigo Jesús. Es su rostro y su corazón en el mundo. Nos ha iniciado en los secretos del Padre, compartiendo con nosotros su experiencia filial y fraternal.

Prolongar la historia de amor de Jesús en el tiempo es su herencia más preciosa: amar como El se ha sentido amado por el Padre y como nos ha amado a nosotros. En la medida en que nos acercamos al amor gratuito, fiel e incondicional de Jesús por nosotros, conocemos al Dios de Jesús, al Dios de nuestra alegría.

“Amar como El nos ha amado”. Como Damián que, siguiendo el camino abierto por Jesús, llegó a “amar hasta el extremo”; amó como buen samaritano, como buen pastor. Al estilo de Jesús que se rebajó hasta someterse a la muerte y una muerte de cruz, también Damián se rebajó hasta hacerse leproso con los leprosos y morir leproso.

Desde el cielo, desde el nuevo mundo, Damián se nos muestra glorificado en su lepra. Mirad mis manos y mis pies, nos dice Jesús. Ved mi cuerpo deformado y transfigurado por la lepra, nos dice Damián. Signos todos ellos del amor entrañable e incondicional del Maestro y del discípulo.

En su entrega, Damián encontró una “extraña felicidad”. Se cumple la promesa de Jesús a todos sus discípulos, a todos los que tratamos de amar como amaron Jesús y Damián: quiero que mi alegría esté en vosotros y que vuestra alegría llegue a plenitud.

 
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