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¡Ha resucitado!



05 de Abril de 2015
Redacción
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Comentario al domingo de Resurrección, de la mano de Osvaldo Aparicio ss.cc.


¡Ha resucitado! Esta es la hermosa y esperanzadora noticia que nos anuncia la Pascua de Resurrección; una noticia de la que tan necesitado está nuestro mundo y cada uno de nosotros, envueltos como estamos en un ambiente de tanto dolor, catástrofes, violencia, terrorismos, guerras, muertes…; pero la última palabra no la tendrá la muerte. La tendrá la Vida.

El evangelio de Marcos nos relata que María Magdalena, María la de Santiago y Salomé fueron muy de madrugada al sepulcro a buscar el cuerpo muerto de su Señor al que tanto querían. Habían comprado aromas y ungüentos para embalsamar y conservar el cuerpo del Maestro y conservar así en su memoria el afecto de un pasado; pero, al entrar en el sepulcro, se llevan una enorme sorpresa. Un joven vestido de blanco les pregunta y anuncia: ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? ¡No está aquí! ¡Ha resucitado!

Lo cierto es que las mujeres, movidas por su afecto, buscaban a Jesús en un lugar equivocado. Jesús, el Crucificado, no estaba entre los muertos. Él había vencido la muerte con son su entrega de amor hasta el extremo. ¡El Amor es más fuerte que la muerte! ¡Jesús es la Resurrección y la Vida!

La Resurrección de Jesús se nos comunica y nos llena de esperanza. Nuestro mundo será transformado: Enjugará las lágrimas de sus ojos y no habrá ya muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, porque todo lo viejo se ha desvanecido (Ap 21,4).También nosotros resucitaremos con Él. Nos lo dice san Pablo: Por el bautismo hemos sido incorporados a Cristo… y si nuestra existencia está unida a Él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya”.

Las mujeres que han ido al sepulcro, reciben una misión: comunicar a los discípulos y a Pedro que vayan a Galilea y allí verán a Jesús. La alegría del encuentro con el Resucitado nos encarga también a nosotros la misión de ser testigos: testigos de que Jesús sigue vivo en el mundo, en medio de nosotros y en cada uno de nosotros.

El cristiano debe ser testigo de resurrección actuando como Jesús que pasó por la vida haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal (ver Hech 10). Hoy como ayer, hay tantos y tantos atenazados por el mal de la enfermedad, del sufrimiento, de la soledad, angustia, de la depresión, de la debilidad, del hambre… ¿Quién no tiene junto a sí a alguien oprimido por el mal?

 
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