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¿Dónde habita Dios?



08 de Marzo de 2015
Redacción
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Comentario al Evangelio dominical de la mano de Osvaldo Aparicio ss.cc.


¿Dónde habita Dios? ¿Dónde descubrirlo y encontrarnos con Él? Estas son las preguntas fundamentales a las que pretende responder el evangelio de hoy. El episodio conocido como la expulsión de los mercaderes del Templo tiene dos partes muy claras, aunque unidas entre sí...

La primera parte es la purificación del Templo, que Jesús realiza mediante el signo profético de limpiar la “casa de mi Padre” de todo aquello que huele a corrupción: “No convirtáis la casa de mi Padre en un mercado”.

Lo cierto es que el Templo de Jerusalén se había convertido en un mercado y centro de negocio ya que en él se comerciaban bueyes, ovejas y palomas para la multitud de los sacrificios que a diario se ofrecían.

Hoy se habla mucho de transparencia y se exige a los partidos políticos y a todos los que tienen responsabilidades en la vida pública, que eliminen la corrupción, que luchen contra ella y que sean ejemplo de honradez y trasparencia.

La purificación del Templo por parte de Jesús atañe también a la iglesia y es una llamada para que las comunidades cristianas limpien cualquier atisbo de mercantilismo, de ocultación y de corrupción, y sean transparentes como lo fue Jesús.

Pero en la segunda parte del relato evangélico de hoy aparece una dimensión de Jesús aún más profunda. Él no es un simple reformador que pretende acabar con ciertas corrupciones. En el diálogo que mantiene con los judíos muestra bien a las claras que lo que Él intenta ante todo es dar un enfoque nuevo a la relación con Dios y sustituir el Templo como signo de la presencia de Dios.

Él, Jesús, su persona, es el verdadero Templo en el que habita Dios: “Destruid este templo, dice a los judíos, y en tres días lo levantaré”. Los judíos pensaban que Jesús se refería al Templo de Jerusalén; “pero, Él hablaba del templo de su cuerpo”. Es el mismo evangelio de Juan el que en el prólogo nos dice: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”.

Esta manera de ver las cosas es una auténtica revolución, una subversión de valores: el lugar privilegiado de la presencia y manifestación de Dios no es un edificio construido por manos humanas sino Jesús y, en consecuencia, el hombre, salido de las manos de Dios.

En todas las religiones se construyen templos y santuarios para que sean la casa de Dios; pero, para la fe cristiana las personas son “templos vivos”. San Pablo es claro y expresivo: “¿Acaso ignoráis que sois templos del Espíritu Santo?”

Por ello, la iglesia defiende la vida, toda vida, desde que es concebida hasta que se extingue. Somos verdaderos templos de Dios. No en vano nos creó a su imagen.

 
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