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La lección de Sahida



25 de Febrero de 2015
Redacción
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Columna Todo corazón de la revista 21 del mes de febrero, escrita por Aurora Laguarda ss.cc.


Éstas fueron mis primeras Navidades en Kolkata, India. Por supuesto no había ni turrón, ni dulces de Navidad, ni pavo, ni Papá Noel, ni Reyes Magos. Pero era el mismo Dios que se convertía en un niño para estar con nosotros. Quizá, cuanto más nos faltan las cosas materiales, más se acentúa el sentido de la verdadera Navidad.

Me gustaría compartir algo que aprendí en aquellos días. Yo trabajaba en Daya Dan, una casa de acogida de niños abandonados con necesidades especiales. Niños que no pueden expresar con palabras lo que sienten o viven, pero que tienen las mismas necesidades que cualquier otro niño y les gusta hacer las mismas cosas. Les encanta jugar y, sobre todo, hacer teatro. Por Navidad preparábamos con ellos una pequeña representación. Por cierto, estos niños son grandes acto- res, ¡pues improvisan cada minuto!

Entre todos los personajes, mis ojos se detuvieron en Sahida, la niña que representaba a María. Parecía que tenía realmente el Espíritu dentro de ella, pues estuvo durante toda la representación bailando, cantando y tocando palmas. Sahida no era capaz de hablar, pero su cuerpo, limitado en movimiento, expresaba la alegría y felicidad que sentía. Las limitaciones de su cuerpo y de su mente no impidieron que transmitiera el gran misterio de la Encarnación. Tal vez, como María, Sahida no entendía lo que estaba sucediendo. Pero también como María, sentía que se trataba de algo grande, que valía la pena celebrar. En sus movimientos y en la expresión de su carita pude leer el Magnificat; era como si las palabras de tan bello poema cobraran vida en ella.

Traté de imaginar lo que podría estar sintiendo Sahida. Mientras la veía gozar, pensaba que así debería ser nuestra vida, disfrutando con lo que tenemos, maravillándonos con todo lo que sucede, agradeciendo lo que recibimos cada día, expresando con nuestra vida las palabras del Magníficat.

Fue una hermosa lección que espero hacerla vida en mí. Es una oportunidad para hacer una diferencia en nuestra vida, en las cosas sencillas y pequeñas, en nuestras relaciones, en el trabajo, en la familia. Dejemos que el Espíritu entre en nosotros y nos mueva, que nuestras vidas canten y bailen al “aire del Espíritu”.

 
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