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Primer Domingo de Cuaresma



22 de Febrero de 2015
Redacción
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Comentario al Evangelio del primer domingo de Cuaresma.


Hemos iniciado la Cuaresma. En este caminar hacia la Pascua, nosotros, como Jesús, también somos tentados, poniéndose a prueba nuestra fidelidad al Señor.

San Marcos, a diferencia de Mateo y Lucas, no describe las tentaciones de Jesús, sino que se limita a decir escuetamente: El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás.

El Papa, en su Mensaje para esta cuaresma, nos advierte contra la tentación de la indiferencia: Cuando nosotros estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás, no nos interesan sus problemas ni sufrimientos, ni las injusticias que padecen … Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia.

Esta actitud cómoda y egoísta, señala el Papa, ha alcanzado dimensiones universales: es la globalización de la indiferencia. La indiferencia hacia Dios y hacia el prójimo, nos advierte, es una tentación real también para los cristianos.

La segunda parte del evangelio de hoy nos dice que Jesús después se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios, convertíos y creed en el Evangelio.

La Cuaresma nos llama a la conversión, a renovarnos, a salir del desinterés y de la indiferencia que a veces nos dominan, y nos tienen encerrados en nuestros propios intereses y en nuestro pequeño mundo. No debemos “pasar” del prójimo, sino que tenemos que interesarnos los unos por los otros y buscar el bien del prójimo, en especial del que sufre o vive en el dolor. Es conveniente que el Papa nos recuerde esta actitud de indiferencia que nos acecha y tienta, para que no vivamos de espaldas a los demás.

Fundamenta el Papa su llamada de atención en que a Dios ninguno de nosotros le resultamos indiferente y que Él se interesa por cada uno de nosotros. Dios tiene una preocupación tan grande por el mundo y lo amó tanto que envió a su Hijo para salvarlo (ver Jn, 3,16).

Dios envió a su Hijo. Dios nos envía ahora a nosotros, sus hijos, para que mostremos el amor y el interés que sigue teniendo por los hombres.

Jesús, en su cuaresma del desierto, supo vencer la tentación de indiferencia; la tentación de encerrarse en sus propios intereses y en su bienestar personal. Él fue la mano tendida, llena de amor y de bondad, de Dios a los hombres, en especial al necesitado y dolorido.

La Iglesia, la parroquia y cada cristiano deberíamos ser la mano abierta y tendida de Dios al mundo que ponga de manifiesto que los hombres nos son indiferentes para Dios.

 
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