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Primer Domingo de Adviento



30 de Noviembre de 2014
Redacción
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Comentario a la Palabra del primer Domingo de Adviento, a cargo de Osvaldo Aparicio ss.cc.


Hemos iniciado el Adviento, que es promesa y esperanza de que Dios viene a visitarnos; esto nos exige vivir en actitud de vigilancia y de puertas abiertas para que cuando llegue no nos coja desprevenidos con las puertas de nuestro corazón y de nuestra Iglesia cerradas.

Éste será el lema general de nuestro Adviento: “Abrid las puertas …”; lema que iremos completando domingo a domingo. En este primer domingo lo concretamos así: “Abrid las puertas PARA ACOGER…”.

Al encender la primera vela de la Corona de Adviento vamos a prometer al Señor que abriremos las puertas de nuestra casa, de nuestra parroquia, de nuestra comunidad, para que, “cuando llegues podamos acogerte entre nosotros, sea el que sea que viene en tu nombre”.

Así nos habla el Papa Francisco: La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre. Uno de los signos concretos de esta apertura es tener templos con las puertas abiertos en todas partes. De ese modo, si alguien quiere seguir una moción del Espíritu y se acerca buscando a Dios, no se encontrará con la frialdad de unas puertas cerradas (E.G., 47).

Estad vigilantes y tened las puertas abiertas, pues no sabemos cuándo llegará el momento de la venida del Hijo del hombre, nos exhorta hoy Jesús en el evangelio, y Él mismo nos lo explica mediante la pequeña parábola de un hombre que se va de viaje y encarga a sus criados que estén en vela, pues no sabe la hora de su vuelta, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer. Si llega y no están vigilantes no podrán abrirle la puerta ni acogerle.

VIGILANCIA y ACOGIDA son, pues, las actitudes claves que nos pide este primer domingo de Adviento. Vigilar la venida del Hijo del hombre no es estar con el alma en vilo pendiente de las verdades eternas y de ninguna forma implica desentenderse del presente en favor del más allá. El Señor vendrá en gloria ciertamente al final de los tiempos; pero, Él sigue viniendo en cada instante, a cualquier hora del día y de la noche. Por eso, esperar la venida del Señor nos convierte en centinelas siempre alertas, que no se dejan vencer por el cansancio o la despreocupación.

En el Apocalipsis encontramos esta hermosa advertencia del Señor: Mira que estoy llamando a la puerta. Si alguno oye mi voz, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo (4,21).

Pero, ¿cuándo llama el Señor a mi puerta y cómo se me presenta? El domingo pasado –en el evangelio del juicio de las naciones- Jesús nos decía con claridad que Él se identifica con el hermano y, en concreto, con el hambriento, el sediento, el desnudo, el enfermo, el forastero…

Jesús tuvo siempre abiertas las puertas para acoger a todos, en especial a quienes vivían excluidos de la sociedad.

El Adviento nos pide que no nos dejemos adormecer por el ruido y las ofertas comerciales y consumistas de estos días, que apagan la llamada del Adviento cristiano.

A todos nos vendría bien dedicar en el Adviento un rato a la oración personal silenciosa, que nos ayude a tener un corazón vigilante, abierto y acogedor para con el Señor que llega constantemente a nuestra misma casa: en el esposo, la esposa, los hijos, los hermanos…; que llega en las situaciones del mundo y de la sociedad, en los necesitados, enfermos y ancianos. El Señor se presenta de las formas más anónimas e inesperadas: ¿Cuándo te vimos y no te acogimos…?

 
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