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Poitiers-Picpus



13 de Septiembre de 2014
Redacción
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Carta del Superior General, Javier Álvarez-Ossorio, donde relaciona el significado de Poitiers y Picpus en la historia de la Congregación y sus desafíos para la actualidad.


Los Fundadores llegaron a la casa de Picpus en 1805. Hasta el día de hoy, en muchos lugares se nos conoce como la Congregación de "Picpus".

Al instalarse en la casa de Picpus, el nuevo Instituto religioso (la "obra de Dios", como lo llamaba el Buen Padre) se organiza de manera más ordenada y se vuelve una institución más visible. A pesar de las incertidumbres de la época, la Congregación entra en un tiempo de cierta tranquilidad. Se llevan a cabo las gestiones para la aprobación pontificia, que se consigue en 1817. Se abren una escuela y un seminario; los candidatos afluyen y su formación se arma convenientemente.

La casa de Picpus es grande, capaz de acoger a la comunidad de las hermanas y a la de los hermanos. El ritmo de vida de cada comunidad y las relaciones entre ambas se regularizan. No faltan roces y conflictos, pero la sensación global es la de un grupo organizado, con identidad propia y bien estructurado. Los "picpucianos" adquieren carta de identidad en el paisaje eclesial y social.

Sin embargo, todos sabemos que la Congregación no comienza en Picpus, sino en el entorno de Poitiers. Trece años antes de llegar a Picpus, el Buen Padre tiene la visión en el granero de La Motte, deja su escondite, y se lanza a un ministerio arriesgado y clandestino, consciente de poner en peligro su vida. Estamos en octubre de 1792.

Por su parte, también en Poitiers, desde octubre de 1793 hasta noviembre de 1794, la Buena Madre vive la experiencia transformadora de pasar un año en prisión. Al salir, conocerá al Buen Padre. En esos años es cuando el proceso de recepción del carisma fundacional irá tomando forma. Allí nace la Congregación.

En Poitiers, los Fundadores y sus primeros compañeros se muestran audaces. Arriesgan sus vidas frente a las amenazas revolucionarias. El Buen Padre desarrolla un ministerio clandestino e itinerante, haciendo todo lo posible por llegar a los más sufrientes y abandonados (pensemos en su servicio pastoral en Montbernage, en sus visitas a enfermos y a encarcelados, en sus aventuras como Marche-à-terre, etc). Es el tiempo en que empieza la adoración (con el sagrario camuflado). El tiempo de las visiones de la Buena Madre y del celo incendiario del Buen Padre. Un tiempo donde la comunidad no tiene seguridades ni una clara organización, pero donde los hermanos y hermanas están dispuestos a sufrirlo todo, incluso la muerte, por la pasión que les suscita el amor de Dios.

Poitiers son los comienzos. Picpus es la consolidación. Poitiers nos revela el don y la tarea que hemos recibido. Picpus nos organiza para que esa misión pueda desarrollarse y llegar lo más lejos posible. Tanto Picpus como Poitiers son necesarios para la Congregación. Se nos ha quedado el nombre de Picpus; pero no olvidemos nunca Poitiers.

El Buen Padre hace a menudo referencia a los años de Poitiers, recordándolos como el tiempo de un amor primero en el que se vivieron cosas que nunca se deberían perder. En su Memoria sobre el título de Celadores (6 de diciembre de 1816), se pregunta: "¿Por qué nos obligarían a suprimir en tiempo de calma un nombre que nos ha mantenido en la tempestad?". La tempestad se refiere a "más de veinte años de persecuciones y de inquietudes", que incluyen los años de Poitiers y aún los primeros años en Picpus. El tiempo de calma es la situación que ya se vivía en Picpus.

En la clausura del primer capítulo general (10 de octubre de 1819), "el Buen Padre recordó los primeros tiempos de la Congregación, cuando había tanto fervor y se sufría tanto" (relato de Gabriel de la Barre). Poitiers significa, pues, fervor y sufrimiento.

Años más tarde, tocado sin duda por el peso de la edad y de una cierta decepción, el Buen Padre abre su corazón a Gabriel de la Barre y le escribe (5 de enero de 1828): "Nosotros, pobres viejos, ¡somos muy diferentes de toda esta juventud que nos ha llegado después de nuestros primeros sacrificios! Os confieso, mi queridísima hija, que me sentiría muy aliviado si pudiera, como en el pasado, encontrarme con personas que piensen como pensábamos nosotros, que vivan como vivíamos nosotros y que mueran como moríamos nosotros". Se hace sentir, en esta queja, la añoranza por los tiempos duros y apasionantes de Poitiers.

La experiencia carismática original de la Congregación comenzó en Poitiers para luego continuar en Picpus. Sin embargo, el proceso de incorporación a la Congregación suele seguir el camino inverso: primero se entra en la institución, en una comunidad organizada, en una casa de formación, en un grupo con identidad definida (o sea, en Picpus), y -a partir de ahí- el religioso va tratando de alcanzar la consistencia necesaria para lanzarse a Poitiers (o sea, a la misión arriesgada, el don de sí mismo, la pasión por el Evangelio, el servicio entregado). Picpus es un medio; Poitiers es el fin.

Recordemos el caso de Damián: entró en la Congregación en Lovaina (Lovaina sería su Picpus), pero llegó a ser un santo misionero en Molokai (Molokai sería su Poitiers).

En la actualidad, esta dualidad Picpus/Poitiers se puede constatar en nuestras estructuras e instituciones. Las comunidades jóvenes construyen grandes casas de formación; las comunidades con muchos hermanos mayores organizan buenas casas de retiro; se refuerzan los elementos de visibilidad como SSCC; se cuidan las acciones de formación inicial y permanente; se trabaja para tener buena solvencia económica; tratamos de profundizar en nuestro patrimonio histórico y espiritual... Todo eso es Picpus. Todo eso vale, y mucho, en la medida en que mueve a los hermanos hacia Poitiers. Muchos hermanos sirven con dedicación en parroquias y colegios; hay hermanos entregados al ministerio de la predicación; algunos están con los más pobres; algunas comunidades dan pasos hacia compromisos más fuertes en las fronteras existenciales... Por ahí nos acercamos a nuestro Poitiers. Poitiers es exigente; siempre pide un paso más hacia los que sufren, hacia el despojo, hacia el abandono en las manos de Dios.

La dualidad Picpus/Poitiers se hace sentir también, y sobre todo, en el corazón de cada uno de nosotros.

Picpus es una llamada interior a implicarnos en el cuidado de la casa de todos, en la construcción de nuestro Instituto, y en todas esas tareas -a menudo escondidas o penosas- que consolidan la comunión entre nosotros, la formación de los hermanos, el gobierno de la comunidad y la viabilidad de nuestros proyectos.

Por su parte, Poitiers es una llamada a no quedarnos instalados tranquilamente en nuestros Picpus, sino a movilizarnos hacia una misión más arriesgada, más generosa, más decididamente con los pobres, más anunciadora del amor de Dios.

En muchas comunidades mayores, cuando no hay más remedio que recortar presencias por falta de personal, se suelen suprimir en primer lugar los puestos de misión que resultan más duros y difíciles. Los superiores no encuentran suficientes hermanos dispuestos a ir allá con alegría y buen espíritu. Recortamos así aquello que más se parece a Poitiers, para quedarnos con nuestros "Picpus", que nos resultan más cómodos y familiares.

Estemos atentos a que esta tentación no nos venza. Si hemos entrado en Picpus, es para ir a Poitiers. Que cada día podamos postrarnos, como el Buen Padre, no ya bajo la encina sino frente a la Eucaristía, pidiendo la gracia de entregarnos enteramente a la aventura del amor de Dios.

 
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