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Alegría



31 de Julio de 2014
Redacción
(2) Comentarios

Carta de Javier Álvarez-Ossorio ss.cc., Superior General, en el boletín INFO SS.CC. del mes de julio.


Gobiernos Generales de los SS.CC. en Nursia

He pasado tres días con un dolor agudo en la boca del estómago. Acababa de llegar de una visita que me había tenido casi un mes fuera de Roma y se acumulaban muchos asuntos en la mesa de mi despacho y en la bandeja de entrada del ordenador.

No sabía la causa de ese malestar que me oprimía la tripa. ¿Algo me habría sentado mal? ¿Una infección intestinal como en mis tiempos en África? ¿Cansancio acumulado? ¿Tensión nerviosa? El caso es que no podía descansar por las noches y durante el día todo me resultaba especialmente penoso: los conflictos por lidiar, las caras largas de los hermanos enfadados, los silencios de los que no responden, la correspondencia de los susceptibles, las perplejidades del camino, las agendas interesadas de unos y otros, mi propia mediocridad, la soledad ineludible...

Finalmente fui al médico. Le conté dramáticamente mi dolencia. No le dio importancia. Me recetó un antiácido. Dos horas después estaba como nuevo. Ni rastro del dolor. Comí con un hambre voraz. Dormí una siesta estupenda.

Aquella tarde los problemas parecían más llevaderos. El aire cálido del verano romano se volvía caricia amable. Oía de nuevo el sonido de los pájaros en los árboles que circundan la Casa General. Los gritos de los hermanos jugando al pingpong me ponían de buen humor. Los asuntos pendientes no ensombrecían el ánimo.

Al bajar a la capilla a rezar un rato, me reía de mí mismo. ¡Qué poca cosa somos! Qué leve puede llegar a ser el lindero entre un espíritu apesadumbrado y un espíritu liviano, entre la áspera tristeza y la suave alegría. Y qué mezquino dolor el mío, comparado con el sufrimiento inimaginable de tantos otros.

¿Cómo se las arreglaría Damián allá en Molokai, cuando la lepra le atenazaba el cuerpo y el ánimo y le robaba la amena levedad que nos concede la salud? ¿Cómo mantenía la alegría en las miserias de la enfermedad, en el agobio del trabajo, en la amargura de los conflictos, en la cercanía de la muerte? "El gozo y la alegría de corazón que me proporcionan los Sagrados Corazones, hacen que me crea el misionero más feliz del mundo", escribía Damián a su hermano año y medio antes de su muerte. Frase muy conocida, pero no por eso menos impactante. A menudo citamos solo la segunda parte ("el misionero más feliz del mundo"); sin embargo, lo que dice Damián solo se entiende si se medita el comienzo: la alegría le viene de los Sagrados Corazones. ¿Qué quiere decir eso?

Hay muchas alegrías nobles que pueden colorear la vida. La alegría de la amistad, del trabajo bien hecho, de la belleza, de la armonía entre las personas, del sabernos útiles, del amar y ser amados... Alegrías todas buenas, pero que pueden ser arrebatadas: la amistad se enfría, la gente deja de apreciarme, el trabajo se banaliza, las fuerzas desaparecen, el corazón pierde la paz, las personas que me importan lo pasan mal. Y encima duele el estómago.

Jesús hablaba de una alegría que nadie nos podrá quitar (Jn 16,22). Esa alegría es la que permite vivir la paciente fidelidad en la dureza de un trabajo apostólico, y mantenerse perseverante ante las adversidades sin envenenarse el alma. Sin esa alegría, somos frágiles, débiles y blandos, y no alcanzamos a "tomar parte en los padecimientos por el Evangelio" (2 Tim 1,8).

Damián fue recio y duro, aguantó, combatió el noble combate, y acabó su carrera conservando no solo la fe, sino la alegría también. Damián encontró la fuente de esa alegría que nada ni nadie puede arrebatar. Los Corazones de Jesús y de María, unidos, muestran el amor que Dios nos tiene. Con eso basta para ser feliz. Increíble, pero cierto. Aunque le doliera el estómago. Aunque lo matara la lepra. Aunque lo dejaran solo. Aunque le hirieran el corazón.

 
Comentarios
 
1  |  amparo  | 04-08-2014

BONITA CARTA, TE AYUDA A PENSAR Y DARTE CUENTA DE TIENES SUERTES A PESAR DE LAS COSAS QUE LA VDIDA TE PONE POR DELANTE. UN ABRAZO

 
2  |  MANUELA  | 31-07-2014

Gracias Javier. Tu carta me ayuda a mantener la alegría algo muy dificil, en los momentos que estoy viviendo, para una madre es muy duro ver a su hijo sufrir. No sabe San Damián la suerte que tuvo su madre de no verlo padecer. Muchas gracias de nuevo y perdona por atreverme a escribirte. Un abrazo.

 
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