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22 de Julio de 2014
Redacción
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Columna “Sillita baja” de Dolores Aleixandre RSCJ, en la revista 21 de este mes de julio de 2014.


Cerca de mi casa hay un local dedicado a eliminar tatuajes, posibilidad que hará respirar con alivio a quien, después de grabarse en la paletilla las iniciales de su pareja con caracteres chinos, rompa con ella y tema que el tatuaje interfiera en futuras relaciones que quizá sepan chino. El asunto del tatuaje no es nuevo y ya en el Cantar de los Cantares ella le pide a él: “Grábame como un sello sobre tu brazo…” (Cnt 8,6); incluso podríamos aventurar que sea de invención divina, visto lo que Isaías decía a Sión de parte de Dios: “Mira, en mis palmas (¿en las dos?) te llevo tatuada” (Is 49,16).

Se supone que el tatuaje llevaba incorporada la promesa de una indeleble perpetuidad pero si ahora se pueden borrar, el simbolismo decae bastante. Una reclamación actual exige el “derecho al olvido” y cuatro de cada diez internautas declaran haber solicitado la desaparición de sus datos personales de cualquier registro o plataforma.

¿Podemos ejercer ante Dios ese derecho? Parece ser que no: “¿Puede una madre olvidarse de su criatura, dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré” (Is 49, 15). Qué suerte la nuestra de que el acceso a ese registro divino quede fuera de nuestro alcance.

 
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