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No apaguéis el Espíritu



08 de Junio de 2014
Redacción
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Comentario a la Solemnidad de Pentecostés, con un texto de Osvaldo Aparicio ss.cc.


La Fiesta de Pentecostés nos hace añorar la vida de la primeras comunidades cristianas: eran vivas, espontáneas, creativas y entusiastas tanto para anunciar como para celebrar la fe en Jesús Resucitado. Se dejaban invadir por la fuerza del Espíritu, alma de la Iglesia, que creaba fraternidad y unidad dentro de la diversidad, y las llenaba de gozo.

Ahora, en cambio, hemos caído en la rutina, el formalismo y las prisas. Es como si hubiésemos apagado el Espíritu. Todo lo tenemos medido, tasado y hasta cronometrado. Si en la celebración de una Eucaristía se añade un gesto que no está regulado o si se alarga más allá de los tres cuartos de hora, nos impacientamos y hay no pocos que, antes de la despedida, abandonan el templo.

Recientemente nos escribía uno de nuestros misioneros en Kinshasa: El día de la fiesta de san Damián, nuestro patrón parroquial, comenzamos la misa un poco más tarde que de costumbre, a las ocho de la mañana, y la acabamos a las diez y media: solemne y sin agobios.

Se dirá que es otra cultura. Cierto; pero eso no quita para ver que nosotros vivimos agobiados y que nos falta tiempo (¡y deseo!) para el encuentro sereno con el Señor y para las celebraciones comunitarias de la fe. En nuestra misma parroquia el horario de misas es tan apretado que a uno no le resulta fácil celebrar con tranquilidad, pendiente siempre de no retrasarse para que la misa siguiente pueda comenzar a su hora. Nuestra mentalidad sigue siendo la de “oír o escuchar misa”, o sea, la de cumplir con un precepto, y no la de celebrar festivamente la “comida fraterna” en memoria de Jesús.

Entre nuestras prisas y la rigidez de las normas hacemos prisionero al Espíritu y no le dejamos que sople donde quiera. Al principio no era así. Las comunidades primitivas estaban inundadas por el Espíritu de carismas o dones y que hacían que sus encuentros de oración estuvieran llenos de entusiasmo y espontaneidad, de alegría y fraternidad.

Como los discípulos el día de Pentecostés nosotros estamos reunidos en un mismo lugar; pero, ponemos sordina y no dejamos que resuene el “viento recio”, signo del Espíritu Santo que quiere llenar a todos con su fuerza y sus carismas.

El Papa se reunía recientemente en el Estadio Olímpico de Roma con más de 50.000 miembros del Movimiento de la Renovación Carismática, que tiene como ejemplo a las comunidades cristianas primitivas y cuyo objetivo es la renovación espiritual de la Iglesia y del mundo, fundamentada en esa fuerza del Espíritu que nos impulsa a vivir y proclamar: ¡Vive Jesús, el Señor!

El Papa les decía: No hay más libertad que la de dejarse guiar por el Espíritu Santo, renunciando a calcular y controlarlo todo, y permitir que él nos ilumine, nos guíe, nos oriente, nos impulse por donde él quiera. Él sabe lo que es necesario en todas las épocas y en todos los momentos.

No apaguéis el Espíritu (1Ts 5,19), no exhorta san Pablo. Y san Ambrosio (s. IV) nos recuerda: Llenos de alegría bebamos la efusión del Espíritu.

 
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