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Acción de gracias



07 de Junio de 2014
Redacción
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Publicamos la acción de gracias que pronunció Fernando Bueno ss.cc. al finalizar la eucaristía de su profesión perpetua, el sábado pasado, 31 de mayo, en la capilla del colegio de los SS.CC. (Martín de los Heros), de Madrid.


Querido Dios…y muy querido Dios,

He deseado enormemente poder sentarme a escribir la acción de gracias… y ahora que lo hago no me salen las palabras, se me nubla el entendimiento, se me encoje el corazón, me tiembla el pulso… ¡Madre mía! Quizás sea el cansancio de esta semana, quizás sea los nerviosismos de última hora…quizás. O quizás sea que el corazón se encuentra profundamente arrebatado y expropiado por tu amor que con un simple “gracias” bastaría y cualquier otra palabra quedaría relegada a un segundo lugar. Este gracias es infinito, se lanza a la eternidad, tiene muchos colores, olores, matices, experiencias de fondo…

¿Por qué dar gracias? En primer lugar, porque has querido tocar mi vida con tu dulzura, con tu delicadeza, con tu paciencia y con tu ternura. Has tocado mi vida y mi vida se ha sentido profundamente masajeada por ti, abrazada por tus manos y protegida entre tus brazos. Un abrazo de Padre que se me ha grabado como a fuego en mi pobre corazón, lo ha convulsionado y lo ha lanzado a una carrera que a día de hoy tengo claro que no acaba nunca. Señor no solo eres la meta sino que además eres el arco que me tensa y me lanza a esa carrera, eres la ráfaga de viento que redirecciona mi flecha cuando se descarría, y eres la brisa suave que se mantiene como constante de fondo en todo este camino. Así que, sí, me siento agradecido porque te has fijado en mí.

En segundo lugar, no puedo dejar de darte por la paradoja de la fe y de la vocación. En estos últimos años me ha acompañado una frase de L. Bloy que dice así: “Oh Jesús, que perdonas a los que te crucifican y crucificas a los que te aman”. Una frase que yo mismo calificaría como dolorosamente bella. En estos años, la máxima experiencia del amor de Dios ha venido de la mano de la máxima experiencia de la miseria humana, tanto personal como ajena. Y es ahí donde también he vislumbrado que la llamada como religioso no es otra más que a permanecer a los pies de la cruz. En el fondo te doy gracias Señor, y quiero seguir dándotelas, por la fragilidad, propia y del mundo. Así que, sí, me siento agradecido por ser frágil, por no hacer siempre las cosas bien, por tener que pedir ayuda, por saber que mi vocación está sustentada también por mis hermanos, las personas a las cuales sirvo y, por supuesto, por ti Señor.

Por supuesto Señor, te doy gracias por mi familia, por cómo me han querido y me quieren, porque me hacen sentir la persona más amada del mundo, porque me enseñan a amar con pureza, en la prueba; me enseñan que el amor todo lo puede.

Te doy gracias por las experiencias que me han hecho descubrirte en la miseria del mundo: Regina Mundi, la facultad de medicina, Cotolengo… lugares que se han convertido en sagrados, en donde salías al paso, lugares de maldición que se han transformado en lugares de bendición. Gracias Señor por ponerme a personas necesitadas en mi camino, gracias Señor por escogerme para ser bálsamos de las pasiones de este mundo… Gracias.

Te doy gracias Señor por los estudios de teología que me han hecho quererte y conocerte más, te doy gracias por los profesores que he tenido, personas apasionadas por ti…

Gracias infinitas por los lugares por donde he ido pasando: el colegio de Sevilla donde estudié, la parroquia de Málaga, la parroquia de San Marcos y la parroquia de San Víctor. Gracias por la fe de las personas que allí estaban, por su entrega al Reino, por su amor a la Congregación…

Gracias, por supuesto, a este colegio de Martín de los Heros, a este queridísimo colegio. Cómo cambia la cosa: las lágrimas amargas que derramé cuando llegué aquí dejan ahora paso a un profundo amor a esta casa y a las personas que aquí están. Me siento como en casa, querido, arropado, guiado, protegido, sostenido, cuidado… Gracias por esta casa, por tu casa. Gracias por los niños que me hablan de ti, por los profesores que se apasionan por enseñar y educar.

Gracias, por último, por la Congregación, mi congregación, tu congregación. Es el mayor regalo que me has podido hacer. Gracias por los hermanos y las hermanas con los que vivo. Gracias por esta maravillosa vocación de ser apasionados de tu Amor y corazón misericordioso.

Querido Dios, tú que ves en lo secreto del corazón ya sabes por qué cosas quiero dar gracias. Me reafirmo en lo dicho antes: todo palabras… Solo puedo decirte “gracias”, un gracias simple y a secas, un gracias sencillo pero sincero, un gracias profundo y profundamente agradecido, un gracias con el cual cuentas para toda la eternidad.

Y a vosotros gracias por venir, por compartir este momento conmigo, gracias por vuestro carió y cercanía. Os pido que me ayudéis a vivir esto de lo cual habéis sido testigos.

Y al coro gracias de corazón por todo el esfuerzo, dedicación y cariño.

Muchas gracias

 
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