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Jesús Resucitado nos pasa el testigo



01 de Junio de 2014
Redacción
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En la fiesta de la Ascensión del Señor, comentario al evangelio de la mano de Osvaldo Aparicio ss.cc.


(Foto de Rafael Núñez Ollero)

Con el relato de la Ascensión el evangelista Lucas concluye la misión terrena de Jesús, quien pasa el testigo a sus discípulos. A ellos les toca ahora anunciar la Buena Noticia. Jesús se lo dice con entera claridad: “Tenéis que ser mis testigos en Jerusalén, el Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo”.

A continuación de este encargo a sus seguidores, narran los Hechos que Jesús se quitó de su vista. La falta de la presencia física del Maestro les deja pasmados y se quedan como embobados mirando al cielo, hasta que unos hombres vestidos de blanco les sacan de su arrobamiento y les fuerzan a bajar a la realidad: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”.

La nueva realidad que les toca vivir a los discípulos es tomar el relevo de Jesús y continuar su misión como Él les había encomendado: Id y haced discípulos de todos los pueblos de la tierra.

Con la Ascensión el evangelista hace finalizar una etapa concreta del plan salvador de Dios, la llevada a cabo por Jesús histórico, para abrir un tiempo nuevo: el del Espíritu Santo y de la comunidad de los creyentes en el Resucitado. Es el tiempo de la iglesia misionera, nuestro tiempo.

En esta tarea misionera la Iglesia no está desamparada: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”, promete Jesús. Su Espíritu, con el que serán bautizados, les dará la fuerza para la misión: “Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis la fuerza para ser mis testigos”.

La Ascensión tiene muchas facetas y un mensaje muy amplio: es la fiesta de la Exaltación del Resucitado a la derecha del Padre y, como consecuencia, es la fiesta de la Esperanza cristiana y del compromiso misionero. La fe en la Glorificación de Jesús y la espera de nuestra propia glorificación no pueden dejarnos embelesados: “¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”, se nos dice también a nosotros.

Es muy hermoso tener fe, muy reconfortante vivir con esperanza e indecible gozar del Amor de Dios; pero, esa alegría con que la fe, la esperanza y la caridad llenan nuestros corazones (la Alegría del Evangelio) no podemos reservarla egoístamente para nosotros solos.

Jesús inició la tarea de testimoniar que Dios es Amor, un Amor que salva. El Papa Francisco nos dice que el Amor de Dios que Jesús derrama sobre nosotros es “el manantial de la acción evangelizadora. Porque si alguien ha acogido ese amor que le devuelve el sentido de la vida, ¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a otros?” (E.G., nº 8).

Sigo expresando el pensamiento del Papa señalando que la actividad misionera es hoy día el mayor desafío que tiene la iglesia. El anuncio de la Buena Noticia debe llegar a todos los rincones y para realizar esa misión todos los creyentes somos convocados.

Ser misionero conlleva, lógicamente, dar a conocer el Evangelio a quienes no conocen a Jesucristo o lo han rechazado. El ambiente que nos rodea y nuestras mismas familias son, con frecuencia, campo de misión. No se trata de hacer “proselitismo” forzado, sino de compartir la alegría de nuestra fe como quien comparte el tesoro más preciado mediante una actitud de vida cristiana atrayente y contagiosa: “La iglesia no crece por proselitismo sino por contagio” (Papa Francisco).

Ser misionero implica también continuar la obra de Jesús en su dimensión de promoción del hombre en toda su integridad, buscando la colaboración con Cáritas, Manos Unidas, Justicia y Paz, Proyecto Desayunos Niños Kinshasa, Ayuda al Emigrante, Organismos contra el Racismo, la Xenofobia y toda clase de Discriminación, etc., o sea, el cristiano debe trabajar junto con todas las personas de buena voluntad que buscan mejorar la suerte de gente que sufre.

“La Evangelización”, nos recuerda el Papa, “tiene un contenido ineludible social”, o sea, el de trasformar y hacer más justa nuestra sociedad. En esta misión, nos dice Jesús, no estamos solos: “El Espíritu Santo os dará fuerza para ser mis testigos”.

 
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