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Se les abrieron los ojos



04 de Mayo de 2014
Redacción
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Comentario al Evangelio dominical de la mano de Miguel Díaz Sada ss.cc.


(Foto de Rafael Núñez Ollero)

El camino de Emaús es nuestro propio camino. El camino que recorremos cada domingo durante la celebración de la Eucaristía.

Los dos discípulos de Jesús abandonan Jerusalén, lugar en que habían sido testigos del fracaso estrepitoso de su Maestro. “Habíamos puesto nuestra confianza en El, pero… Le veíamos como un profeta libertador, pero…”. Su muerte en cruz era demasiado como para seguir confiando en Jesús. Mejor abandonar Jerusalén y olvidar la aventura de haber sido sus discípulos como si de una pesadilla se tratara. “Volvamos a nuestros lugares, a nuestros trabajos, a nuestra situación anterior, como si Jesús no hubiera existido. Había fracasado.

¿Nos sorprendemos alguna vez a nosotros mismos hablando como los discípulos de Emaús? Expectativas, proyectos, buenos deseos; tantas veces nos hemos propuesto cambiar nosotros mismos, la familia, la iglesia, incluso la sociedad y el mundo. Pero... la realidad es tozuda y nos tienta el pesimismo. ¿Dejaremos de lado los ideales humanos y cristianos, abandonando Jerusalén y olvidando todo lo que se refiere a Jesús de Nazaret?

Jesús sale al encuentro de los discípulos de Emaús y a nuestro encuentro. Nos recuerda su paso entre nosotros, sus bienaventuranzas, su confianza ilimitada en Dios incluso más allá de los fracasos y de la muerte. La figura y la memoria de Jesús nos envuelven, cambian y caldean el corazón. Es lo que acontece en la primera parte de la celebración de la Eucaristía, cuando dejamos que Jesús toque e ilumine nuestra vida. Brota la empatía con Jesús y con su evangelio. Es el momento de decirle: Quédate con nosotros… Sin ti se oscurece la luz y cae la noche...

Entonces Jesús toma el pan y el vino, los bendice y nos los ofrece. Nos recuerdan su despedida en la última cena; el pan y el vino tienen sabor a Jesús en su entrega incondicional. Es Jesús quien nos alimenta; nos enseña a reconocerle caminando con nosotros y nos invita a prolongar su misma historia de amor que pasa por la entrega de la vida.

“Se les abrieron los ojos y le reconocieron”. También a nosotros, cada domingo, cuando celebramos la Eucaristía, se nos abren los ojos y reconocemos a Jesús. No estamos solos. ¡Es verdad! El Crucificado ha resucitado y va delante de nosotros.

 
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