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¿Liderar la esperanza?



25 de Abril de 2014
Pablo Bernal Rubio ss.cc.
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Como ya se anunciaba en la web, durante esta semana el ITVR de Madrid organizaba su tradicional Semana de Vida Consagrada. Ayer, 24 de abril, contó con la participación de Javier Álvarez-Ossorio, Superior General de nuestra Congregación. Con su estilo comunicativo, directo y claro, ha abordado el tema propuesto: “Liderar la esperanza”.


Javier Álvarez-Ossorio en la Semana de Vida Consagrada

Sin pretensión de ser exhaustivo, os brindo a continuación unas cuantas claves que he recogido de la charla de nuestro hermano:

«No os dejéis llamar maestros». Mejor título que “Liderar la esperanza” sería “¿Liderar la esperanza?”. Y es que líder, líder, solo lo es Jesús, sólo él camina por delante, solo él atrae e ilusiona… Y además de un modo peculiar: sin ahorrar el miedo a sus seguidores, sin temor a “perder la clientela”. Jesús es el único capaz de liderar la esperanza, porque la única esperanza, la última, es esperanza de que Él volverá.

«Mi Señor tarda en llegar…». Ciertamente, hay motivos para la desesperanza. Pero, ¡atención!, estos no vienen de fuera sino de dentro: del endurecimiento del corazón (“cuando no nos queremos”) y de la tentación de sospechar que lo que profesé ya no me sirve para vivir el evangelio.

«…y se pone a golpear a los criados y a emborracharse». ¿Qué ocurre si el siervo que el Señor dejó al frente de la casa desespera? ¿Quién cuida del que cuida? Hay dos cosas que dan esperanza a la autoridad: “encontrarse con viejos alegres y bondadosos y con jóvenes generosos y libres”. Lo opuesto, claro está, desespera… a cualquiera.

«Yo he pedido para que tu fe no se apague». Al modo de Jesús, el principal cuidado que el superior puede ejercer es rezar por los hermanos y con los hermanos. La oración insinúa que en nuestras acciones –siempre ambiguas– Dios está y actúa.

«Jerusalén, ¡he deseado reunir a tus hijos!». Todo lo que apunta a la comunión es esperanzador. Por ello, la autoridad debe alentarla, invitándonos a maravillarnos de nuestra vida común, y protegerla, resistiendo a quienes la amenacen, en lugar de permanecer en un respeto mal comprendido.

«Confirma a tus hermanos». El superior no “da” esperanza, pero puede recordar lo específico de nuestra vida a los hermanos, repetirles lo que han profesado, remitirles a los motivos últimos para vivir así: Constituciones, decisiones Capitulares… La esperanza es un trabajo oscuro, oculto, artesanal… más que carismático. Por eso, la vida regular bien vivida es exigente, siempre novedosa, siempre ilusionante.

«La ración… a sus horas». Lo dicho se equilibra con un sano discernimiento, que ni nos estanque en un exceso de lentitud ni violente a los hermanos en un exceso de velocidad. Por eso, se ha de ir al encuentro del hermano con respeto reverente, reconociendo en qué lugar está este hermano, Hijo de Dios, que Él me ha regalado.

«Todos vosotros sois mis hermanos». Puede ser el momento de recuperar la imagen de la paternidad como modo de vivir la autoridad: un padre atípico, pues solo lo es por un tiempo y… que nunca deja de ser hermano.

A modo de conclusión, imagen que el Superior General ha empleado y me ha dado que pensar: Hay dos formas de ver y vivir una Congregación: como una piragua en camino, con hermanos dispuestos a lo que haga falta, y una autoridad que guía y vigila que no se desvíe el rumbo. O como una casa en la que cada hermano va encontrando su lugar en el mundo, y, reconozcámoslo, acomodándose en él.

Como al Superior General, la primera imagen nos va más… nos desafía e ilusiona. ¡Sería ideal que esa fuera mi Congregación! Pero la esperanza pasa, quizás, por asumir ambas como las dos caras de una misma moneda.

Quizás –y esto ya es cosa mía– asumir la segunda imagen, con la mediocridad que refleja, nos haga fiarnos más de Dios que de nuestras fuerzas… y encontremos en Él la esperanza.

 
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