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Jesús: manantial inagotable



23 de Marzo de 2014
Redacción
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Comentario al evangelio del tercer domingo de Cuaresma, de la mano de Miguel Díaz Sada ss.cc.


Pozo de la Casa Madre de Picpus

Este año—ciclo A—tenemos la suerte de escuchar las tres grandes catequesis bautismales del evangelio de Juan: la samaritana que le pide a Jesús “el agua viva” que colme la profunda sed de su corazón inquieto; el ciego de nacimiento que, al sentirse tocado por Jesús, recobra la vista y reacciona con una profesión de fe decidida y valiente frente a los adversarios de Jesús; de rodillas ante Jesús, le dice: “Creo, Señor”: una profesión de fe que le permite ver la vida con la mirada de Jesús; Lázaro, muerto hace ya tres días. Jesús, su amigo, llora y reza al Padre. Jesús, la resurrección y la vida, clama con voz potente: “Lázaro: sal fuera”. Lázaro recibe la vida.

Es nuestro camino cuaresmal hasta que descubramos personalmente –y no solo porque otros nos lo han dicho - que Jesús es el “Manantial inagotable del Agua de la Vida”, la “Luz de la Vida” y la “Vida plena y definitiva”. Al terminar la cuaresma, celebraremos la solemne Vigilia Pascual del sábado santo. El ciego de nacimiento, la samaritana y Lázaro seremos cada uno de nosotros.

Bendeciremos el fuego con el que encenderemos la luz del cirio pascual. Será la Luz de Cristo Resucitado que vencerá la oscuridad de la noche del corazón humano y de la historia. De la Luz de Cristo llegará el resplandor a nuestras pequeñas velas y a nuestros corazones. Ya nunca caminaremos en tinieblas. “Creo, Señor. Tu eres la Luz de la Vida”.

El agua viva, “manantial inagotable”, tocará nuestras frentes, en recuerdo de nuestro bautismo. Como la samaritana profesaremos nuestra fe en Jesús: “Creo que eres en verdad el Salvador del mundo”. En la noche pascual, sólo habrá signos de vida. Ya nunca jamás buscaremos a Jesús entre los muertos, en el sepulcro. No está ahí. El, glorioso y vencedor, nos dirá a cada uno de nosotros como a Lázaro: “Sal fuera” del dominio del pecado y de la muerte, sal fuera del sepulcro. Ni el sepulcro ni la muerte tienen ya poder sobre los discípulos de Jesús.

¿Conseguiremos que estos tres relatos sean autobiografía de nuestro camino de fe y de nuestro encuentro con Jesús Resucitado? Cuarenta días - 40 años, la vida entera - como la samaritana, como el ciego de nacimiento, como Lázaro, en camino con Jesús hacia la Vida.

 
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