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Despedida en Sevilla y Vejer



22 de Marzo de 2014
Redacción
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José Luis Pérez ss.cc. nos ofrece una crónica de las celebraciones de la Eucaristía “corpore insepulto” de Ramón Mera ss.cc. en Sevilla y en Vejer de la Frontera.


Arriba, misa en Sevilla. Abajo, en Vejer de la Frontera

“Algo de mí está ahí tumbado con Ramón”, estas palabras de Juanma sscc en la homilía, recogían como en un lazo el sentir de la asamblea que el 15 de marzo se reunió en la Parroquia de los SS.CC., de Sevilla, para celebrar la Eucaristía corpore insepulto por Ramón. El canto se elevaba tímidamente: “…peregrinos, caminantes, vamos hacia Ti” mientras la procesión, presidida por Enrique Losada, Superior Provincial, avanzaba hacia el presbiterio. Se podían ver las caras de antiguos alumnos a los que Ramón les dio clases en el Colegio San José. También personas que se cruzaron en su camino y que custodiaban con agradecimiento sus palabras, sus consejos, su generosidad. Personas que habían venido de Jerez y de San Fernando, lugares donde estuvo destinado.

Encima del féretro los signos de su misión: la casulla y el Evangelio. Junto al cuerpo de Ramón el cirio pascual encendido. La Palabra de Dios nos consolaba: “Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él” (Rom 6, 8). Ramón nació el día de la Cruz, -nos recordaba Juanma- y él siempre decía que vivía bajo el signo de la Cruz (el Cristo del Calvario fue una de sus grandes devociones). Una cruz que en su vida tuvo muchas formas y pesos. A este respecto, en las peticiones resonaba una de las frases que repetía a menudo: “El cristiano se la juega no cuando contempla la Cruz, sino cuando está en ella”. Se nos hizo presente su historia, sus tareas como sacerdote y religioso, su servicio como Superior Provincial.

La Eucaristía prosiguió “uniendo la memoria de Ramón a la memoria de Jesús, muerto y resucitado”, como nos invitó Enrique en su saludo inicial. El canto de la comunión resumía los deseos del creyente que fue Ramón: “Cerca de ti, Señor, quiero morar”. Y así, portado a hombros por sus hermanos ss.cc., poniéndolo en manos de Dios su vida y su muerte, terminó la celebración.

Por la tarde, volvimos a reunirnos para seguir pidiendo por Ramón. Esta vez en Vejer, su pueblo natal, al que tan entrañado tenía en su vida. Bajo las naves góticas de la Iglesia Parroquial del Divino Salvador se concentraban sus paisanos y la figura de una mujer, Antonia, su madre, que despedía con dolor a su hijo. “Agárrate a María, que también perdió a su hijo”, le recomendaba Enrique al final de la misa, mientras ella asentía. La celebración fue presidida por el Obispo de Asidonia-Jerez, José Mazuelos que, en su homilía, comentando las lecturas del domingo de la Transfiguración, señaló que Ramón, como Abraham, había emprendido una salida, la primera de su pueblo, la de la Vida Religiosa y ahora la de su muerte. Traía las palabras de la tradición hebrea que habla de que todo hombre es una página de la Torá, una página del libro sagrado. Así Ramón, una página del libro de Dios en la vida de la Iglesia. El silencio y el bien sentir de su pueblo allí reunido, la liturgia cuidada en sus cantos y en sus formas, el recuerdo filial de María, la Virgen de la Oliva, en el corazón, expresaban el dolor contenido y la esperanza de su pueblo. Finalmente, su cuerpo fue depositado en la cripta de la Parroquia, junto a otros sacerdotes.

Antonio Alcayde ss.cc., hermano de la última hora, que rezaba el Credo –como Ramón pedía- junto a la cama del moribundo, me contaba aquel viernes triste que la última palabra que había escuchado de Ramón, mientras le asía la mano, fue: “Gracias”. Descanse en paz.

  
 
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