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La adoración es un trabajo



18 de Marzo de 2014
Redacción
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Carta del mes de marzo del Superior General, Javier Álvarez-Ossorio ss.cc., sobre el ministerio de la adoración (Const. 53.4).


Hemos estado haciendo la visita a un grupo de hermanos donde la mayoría trabaja en parroquias. A todos les hemos preguntado por cómo ejercen el ministerio de la adoración. Dicho de manera concreta: les hemos preguntado si dedican cada día al menos media hora de oración silenciosa ante la Eucaristía.

Casi todos nos han dicho que no tienen tiempo. Que la pastoral les absorbe. Que ellos rezan con el pueblo, en las celebraciones litúrgicas. Algunos rezan el oficio (solos o con la comunidad religiosa) y dedican tiempo a meditar las lecturas sobre las que tienen que predicar. En algunas parroquias se expone el Santísimo y hay tiempos de adoración, pero los hermanos aparecen solo al comienzo y al final, para poner y retirar la custodia. En algunas comunidades, hacen adoración comunitaria una vez al mes, o incluso semanalmente. Pero la adoración individual cotidiana, eso no lo hace casi nadie.

Creo que en toda la Congregación, en la rama de los hermanos, ocurre lo mismo: la gran mayoría no reserva diariamente un rato para la adoración ante la Eucaristía.

Durante nuestras visitas, el Gobierno General va repitiendo siempre el mismo mensaje: la adoración individual cotidiana es un ministerio que forma parte de nuestra misión, de nuestro apostolado, de nuestro trabajo. A ninguno se le ocurriría no presentarse en la misa que le toca presidir, o en la reunión de catequistas que ha convocado, o en el curso en el que él es profesor. Son cosas que integran nuestra agenda cotidiana porque son responsabilidad nuestra y no podemos dejar tirada a la gente. Si no llegamos, nos avergonzamos y presentamos disculpas.

Pues bien, la adoración individual cotidiana forma parte de esas obligaciones diarias, en el mismo sentido de las anteriores. Como nos recuerda el último Capítulo General (Misión 38), la adoración es un ministerio al que hemos sido llamados. Es un servicio escondido, que no se ve, por lo que nadie me va a reprochar si no lo hago, pero que tiene la misma categoría de ministerio que "debemos" al pueblo de Dios. No hacerlo, conlleva un fallo en nuestro servicio, una negligencia en lo que la Iglesia tiene derecho a esperar de nosotros.

Durante la visita de la que os hablaba al comienzo, muchos cristianos se acercaban a saludarnos después de las celebraciones en las parroquias y en las capillas a las que nos llevaban los hermanos. En ese breve momento de estrechar manos, de dar y recibir abrazos y de intercambiar sonrisas y agradecimientos, muchas personas nos pedían una bendición para aliviar alguno de sus muchos sufrimientos: una enfermedad grave, un hijo con deficiencia o malformación, una hija huída de casa, un empleo perdido, una reciente viudedad, infinidad de situaciones de soledad, de abandono, de miseria... El peso del dolor del mundo es apabullante. Me acordaba de lo que dicen los evangelios de Jesús, a quien todos los que tenían alguna dolencia, se acercaban para tocarle (cf. Mc 6,55-56); y de la desgarradora llamada que lanza Isaías: "Consolad a mi pueblo, dice el Señor" (Is 40,1).

Un hermano, que va los fines de semana a celebrar misa en un centro de reclusión de menores, donde entra en contacto con historias desgarradoras de vidas dañadas, nos decía que, al regresar de ese centro, volvía con mucha “materia” para su adoración personal. Efectivamente, es tarea nuestra recoger todo ese sufrimiento del pueblo y presentarlo ante el Señor en la adoración. Nuestra adoración es "reparadora", es decir, implora al Señor que salve a su pueblo, que bendiga a su heredad, que sane los corazones desgarrados, que consuele a los afligidos, que perdone el pecado que provoca tanto mal, y que haga que venga su Reino. En sus “consejos sobre la adoración”, el Buen Padre invitaba a cargar con el dolor propio y del mundo para presentarlo a Jesucristo (1).

En la adoración, pues, nos hacemos hermanos de toda la humanidad, cargamos con sus dolencias y se las llevamos a Jesús. Él sabrá qué hacer con ellas.

En la adoración presentamos también a nuestros hermanos de comunidad: tanto a los que queremos cordialmente como aquellos que nos cuesta aceptar. Todos andamos dañados por la vida de una u otra manera, estropeados por los golpes del camino. Todos necesitamos el amor reparador de Jesús. Nuestras relaciones fraternas también. La adoración personal y cotidiana es el taller escondido en el que se forja nuestra fraternidad.

Jesús es el único Redentor y Salvador. Después de celebrar la Eucaristía, nosotros prolongamos su misterioso trabajo de redención en la adoración ante el Santísimo. Ahí, nuestra presencia física y silenciosa, como religiosos consagrados a los Corazones de Jesús y de María, nos une misteriosa y realmente al dinamismo redentor del amor de Jesús por el Padre y por el mundo (cf. Const 5).

La adoración eucarística individual y cotidiana forma parte de las cosas "que tenemos que hacer" para realizar nuestra misión. Se lo debemos a esas personas con las que trabajamos pastoralmente. Se lo debemos a esas personas que visitamos cuando están enfermas, que ayudamos cuando están necesitadas, a las que damos formación, a las que queremos. Se lo debemos también a nuestros hermanos y hermanas de Congregación. Se lo debemos a toda esa humanidad que no conocemos pero de la que tenemos noticia de su dolor, de sus búsquedas, de su pecado, de su bondad.

Solo Dios salva. Sería pretencioso de nuestra parte creer que nuestro trabajo pastoral es la mejor contribución que se puede hacer a la causa de Jesucristo. No son nuestras fuerzas las que salvan. Tampoco nuestras intenciones, por buenas que nos parezcan, son siempre concordes con el corazón de Jesús. Todo se queda corto, insulso e inútil, si no va acompañado por la adoración en la que imploramos la misericordia de Dios sobre toda la creación y en la que nos exponemos al fuego purificador de su mirada.

La adoración es deber de amor. Amor hacia las personas que servimos. Amor hacia los hermanos. Amor hacia Jesús, que es nuestro amigo del alma y Señor de nuestras vidas. Como ejercicio de amor, la adoración tiene la fuerza de cambiarnos por dentro, y de ayudarnos a configurar mejor nuestro corazón al de Cristo, para hacernos más misericordiosos, más benevolentes con los hermanos, más recios en el compromiso.

En la Iglesia hay muchas tareas y carismas. A causa del carisma SSCC que nos inspira, una de las tareas que nos toca es la adoración eucarística: todos los días, cada uno de nosotros, siempre. Hagámoslo y... a ver qué pasa.

(1) La adoradora debe adorar con Jesucristo y, por Jesucristo, reparar en primer lugar por ella misma y por todos los pecados que se comenten en el universo entero, pedir la conversión de los pecadores, la propagación de la fe, rezar por la Iglesia militante y por la Iglesia sufriente, pero sobre todo debe hacer donación de sí misma enteramente al Corazón de Jesús. (…)

Por tanto, no temáis, en esas conversaciones solitarias, hablarle de vuestras miserias, de vuestros temores, de vuestros fastidios, de las personas que amáis, de vuestros proyectos y de vuestras esperanzas; hacedlo confiadamente y con el corazón abierto.

 
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