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La Palabra del Domingo



02 de Marzo de 2014
Redacción
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Comentario a la Palabra del Domingo, de la mano de Osvaldo Aparicio Jiménez ss.cc.


“¿No valéis vosotros más que ellos?”

Es muy hermosa la lectura de hoy del profeta Isaías. El pueblo de Israel, desterrado en Babilonia, se siente huérfano, abandonado y olvidado. Cree que su Señor le ha defraudado y, por eso, se queja de su desamparo. Esa situación de desánimo lo experimentamos a veces también nosotros cuando nos vemos acorralados por el sufrimiento, la incomprensión o la soledad; en nuestro corazón nace la duda y brota la queja amarga.

Dios, como a Israel, nos responde haciéndonos esta pregunta: ¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Y aún nos dice más: Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré.

Por eso, el salmo nos invita a que confiemos en Dios, nuestra roca y alcázar, y a que no dudemos en desahogar en él nuestro corazón. Así lo hizo Jesús en el doloroso trance de la cruz. Al sentirse fracasado y en soledad, no pudo reprimir su amarga queja de desahogo: ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?

La imagen de Dios como madre que nos pone el profeta, habla por sí sola, por que Dios, como una madre, es ternura y dulzura, preocupación y entrega, protección y seguridad, cobijo y cariño.

Este mismo mensaje nos trasmite hoy Jesús con ese pasaje del Sermón de la Montaña tan lleno de lirismo. Jesús hace un canto al Dios providente y lleno de ternura hacia todas sus criaturas. Y nos habla de los de los pájaros del cielo a los que el Padre celestial cuida y alimenta, y de los lirios del campo a los que viste de incomparable hermosura. ¡Qué bien lo entendió san Juan de la Cruz!:

Mil gracias derramando

pasó por estos sotos con presura;

y, yéndolos mirando,

con sola su figura

vestidos los dejó de su hermosura.

Jesús nos pregunta: Si el Padre del cielo cuida y hermosea así a sus pequeñas criatura, ¿no hará mucho más con vosotros, gente de poca fe (gente desconfiada)?

Jesús nos advierte que si desconfiamos de la providencia amorosa de Dios, es porque ponemos nuestra confianza en otro amo, poniéndonos a su servicio: No podéis servir a dos amos … No podéis poner vuestra confianza en Dios y en el dinero.

El amo/dinero es mudable e inestable, inconsistente y fugaz, fuente de zozobras y turbaciones; en cambio, cuando nuestro corazón reposa en el Señor, como un niño en brazos de su madre, encuentra paz, serenidad y confianza, incluso en los avatares adversos y dolorosos de la vida. Por eso el salmo nos invita: ¡Descansa sólo en Dios, alma mía, porque él es mi esperanza!

Jesús, en la cruz, tras su dolorosa queja, se dirige a su Padre con total confianza: ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!

A esa confianza en la providencia divina nos invita Jesús al decirnos: Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial lo alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? No andéis, pues, agobiados …

¡Qué bien lo entendió santa Teresa!:

Nada te turbe,

nada te espante,

todo se pasa,

Dios no se muda,

la paciencia todo lo alcanza.

Quien a Dios tiene,

nada le falta.

Sólo Dios basta.

 
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