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II Domingo del Tiempo Ordinario



19 de Enero de 2014
Redacción
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Comentario a la liturgia dominical de la mano de Osvaldo Aparicio ss.cc.


Hemos iniciado el “Tiempo Ordinario” del Año litúrgico. Domingo a domingo la palabra de Dios va a mostrarnos cómo Jesús, con “sus obras y palabras”, va haciendo presente el reino de Dios entre nosotros. No podemos dejar pasar por alto dos acontecimientos que celebra la iglesia y que tienen tanto que ver con la realización del reino: La Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado, y la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.

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JORNADA MUNDIAL DEL EMIGRANTE Y REFUGIADO 2014. En este año se celebra precisamente el centenario de esta Jornada, que fue iniciada por Benedicto XV. Desde entonces los distintos Papas la han apoyado, pues la iglesia siempre ha contemplado en los emigrantes la imagen de Cristo: Fui forastero y me hospedasteis.

El profeta Isaías, en la primera lectura de hoy, consuela al pueblo de Israel, desterrado y disperso en Babilonia, forzado a abandonar su añorada tierra: Dios enviará a su Siervo para reunir a las tribus dispersas y ser luz de las naciones, para que la salvación alcance hasta el confín de la tierra. Nuestro Dios es el Dios sin fronteras. Es el Dios universal que no sabe de razas ni culturas y que desea un mundo mejor para todos.

El lema de la Jornada de este año dice: EMIGRANTES Y REFUGIADOS: HACIA UN MUNDO MEJOR. El Papa en su mensaje se pregunta: ¿Qué supone la creación de un “mundo mejor”?

Merece la pena leer por entero las orientaciones que nos da; pero, entresacando algunas, nos pide que superemos prejuicios, que no consideremos a los emigrantes como competidores en el trabajo y que de ninguna forma son peones en el tablero de la humanidad.

Insiste reiteradamente en que tenemos que cambiar nuestra mentalidad y pasar de una “cultura del rechazo” a una “cultura de la acogida y del encuentro”, la única capaz de construir un mundo más justo y fraterno, un mundo mejor.

Al final nos recuerda el Papa que cada ser humano es hijo de Dios y, por tanto, en el emigrante no hemos de ver tanto un problema a resolver, cuanto un hermano y una hermana que deben ser acogidos, respetados y amados, y que son, además, una ocasión que nos brinda la Providencia para contribuir a ese mundo mejor al que todos aspiramos.

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SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS. El profeta Isaías habla de la dispersión del pueblo de Israel en el destierro. La situación se repite con el nuevo pueblo de Dios que somos los cristianos, y que vivimos la amarga realidad de estar rotos en infinidad de iglesias, confesiones y sectas.

Por eso, desde hace ya más de un siglo, se viene celebrando la Semana de la Unidad. El lema de este año está tomado de la llamada a la concordia que hace Pablo a la comunidad de Corinto, fragmentada en grupos y que cada uno de ellos se reclamaba de un guía distinto: Os ruego, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os pongáis de acuerdo para que no haya divisiones entre vosotros, sino que conservéis la armonía en el pensar y en el sentir … Y os digo esto porque cada cual anda diciendo: Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de Cristo. Pero, ¿ES QUE CRISTO ESTÁ DIVIDIDO? (1,10ss)

El mismo reproche y la misma exhortación valen para los cristianos de hoy:

Pero, ¿es que Cristo está dividido? Con nuestras divisiones debilitamos la fuerza del Evangelio: no resulta creíble su mensaje de fraternidad universal cuando quienes nos decimos sus seguidores estamos enfrentados desde siglos. La desunión dificulta la adhesión a Jesús; en cambio, la unidad favorecería la evangelización y la fe: Te pido, Padre, que todos sean uno … para que el mundo crea que tú me has enviado (ver Jn 17).

¿Qué podemos hacer? En primer lugar, ser conscientes de que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa, pues todos creemos en Jesucristo, el iniciador y consumador de nuestra fe, y, después, deshacer falsos prejuicios mutuos, procurar que no nos resbale el problema de la división cristiana y, como recomienda el Vaticano II, unirnos en la oración, alma de todo el movimiento ecuménico y que con razón puede llamarse ecumenismo espiritual, uniéndonos a la plegaria de Jesús: ¡Padre, que todos sean uno para que el mundo crea!

 
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