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Santa María, Madre de Dios



01 de Enero de 2014
Redacción
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Reflexión de Osvaldo Aparicio ss.cc. para la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, en la que incluye algún párrafo del mensaje del Papa Francisco en este día de la Jornada Mundial de la Paz.


La Virgen María del Belén Viviente del Colegio S. José SS.CC. de Sevilla

Por ser la octava de la Navidad la liturgia quiere celebrar el papel tan relevante que una mujer, la doncella de Nazaret, juega en el plan salvador de Dios. Nos lo recuerda san Pablo: “Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer”. Por eso celebramos hoy la festividad de SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS.

María, con su “sí” al anuncio del ángel, da vía libre al proyecto que brota del Corazón infinito de un Dios que nos ama tanto que, enviándonos a su Hijo, desea rescatarnos del mal y hacernos hijos suyos. Al contemplar esta “locura del Amor divino”, san Pablo no puede menos de exclamar: ¡Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: Abbá, Padre (papá).

Ante esta gozosa e inimaginable realidad: ¡ser hijos de Dios en el Hijo! y, por tanto, todos hermanos, el salmista nos invita a la acción de gracias y a la alabanza: ¡Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben!

Si la Navidad nos anuncia la Buena Noticia de que todos somos hijos de Dios, está proclamando al mismo tiempo la “fraternidad universal”. Esta “fraternidad universal” no se basa en los quebradizos lazos de la carne y de la sangre, sino en los de la fe: “A cuantos acogieron la Palabra les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios” (Jn 1,12-13). Jesús nos dirá: “Uno solo es vuestro Padre … y vosotros sois hermanos” (Mt 23, 8-9).

Como es tradicional desde Pablo VI, en este día de la Maternidad de María, coincidente con el primero de año, se celebra también la JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ, pues María es la REINA DE LA PAZ ya que ella da a luz a Jesús, PRÍNCIPE DE LA PAZ (Is 9,5).

La paz es uno de los anhelos más profundos de nuestro corazón. Al felicitarnos el nuevo año no cesamos de desearnos paz y felicidad.

El lema de esta ILVII Jornada es: “La fraternidad, fundamento y camino para la paz”. Parafraseando el antiguo dicho (Si quieres la paz, prepara la guerra), podemos decir: “Si quieres la paz, prepara la fraternidad”.

Pero, ¿cuál es la fraternidad que nos abre caminos de paz? ¿fraternidad es sinónimo de la expresión “vivir como hermanos”?

Esta frase encierra un equívoco, pues idealiza la relación entre hermanos. La experiencia nos enseña que, con no poca frecuencia, esta relación es tensa, difícil y enconada. Los egoísmos, envidias y rencores rompen con demasiada frecuencia los vínculos de la hermandad como ya desde los albores de la humanidad sucedió entre Caín y Abel, hijos de unos mismos padres.

La fraternidad que nos trae Jesús no está cimentada en los lazos de la carne, sino en la realidad nueva que nos anuncia la Navidad: ¡Hemos nacido de Dios! ¡Somos hijos de Dios!

El Papa Francisco, en su mensaje para la Jornada de hoy, se pregunta: “¿Los hombres y mujeres de este mundo podrán corresponder alguna vez plenamente al anhelo de fraternidad, que Dios imprimió en ellos? ¿Conseguirán, sólo con sus fuerzas, vencer la indiferencia, el egoísmo, el odio, y aceptar las legítimas diferencias que caracterizan a los hermanos y hermanas?”.

El Papa se responde: “La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios … Una paternidad que genera eficazmente fraternidad, porque el amor de Dios, cuando es acogido, se convierte en agente asombroso de transformación de la existencia y de las relaciones con los otros, abriendo los corazones a la solidaridad y a la reciprocidad.

Será sobre todo la cruz de Jesús la que hará de los hermanos y pueblos enfrentados una sola familia, un solo pueblo, y su resurrección será el inicio de la “nueva humanidad”. Por eso, Jesús, nacido de María, es nuestra reconciliación y nuestra paz.

Es muy hermosa la primera lectura de hoy. El libro de los Números nos transmite la bendición con que Aarón y los sacerdotes bendecían al pueblo:

“El Señor te bendiga y te proteja.

Ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor.

El Señor se fije en ti y te conceda la paz”.

 
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