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Las señales de Jesús y de los cristianos



15 de Diciembre de 2013
Redacción
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Nos llega la alegría del Adviento a través de la reflexión del Evangelio dominical de Miguel Díaz ss.cc.


Este tercer domingo de Adviento, ya cercana la Navidad, los discípulos de Juan preguntan a Jesús: ¿Eres tú el Mesías, el Enviado de Dios o tenemos que esperar a otro? Esperamos tu respuesta.

Jesús les responde de forma inesperada para ellos y, seguramente, también para nosotros: Curo enfermos, soy buena noticia para los pobres, proclamo que Dios es Padre, que perdona y que es amigo de la vida.

Los discípulos de Juan tenían otras expectativas, más acordes con un Dios que hiciera justicia con el premio o con el castigo, y cuanto antes mejor.

¿Es la respuesta que nosotros esperamos?

Esperábamos “ya” la solución a la crisis económica y Jesús nos habla de enfermos y de los que son más pobres que nosotros. Incluso llega a decirnos que los pobres y marginados son preferidos de Dios.

Esperamos una Navidad de consumo, pues parece bueno para la economía mundial, y Jesús nos dice: ¡cuidado! Antes que el consumo están los que carecen de lo imprescindible para la vida: alimento, medicina, educación. Cercana ya la Navidad y con tantos anuncios que despiertan el deseo de niños y mayores, podríamos decir que Jesús es un “aguafiestas”. Sí, es verdad; aguafiestas para los que tienen y “buena noticia” para los que no tienen, hasta que todos tengamos.

Cambiemos de escenario. Si alguien nos preguntara como a Jesús: ¿Cuáles son tus señas de identidad como cristiano? ¡Qué bueno que pudiéramos responder de palabra y de hecho: “Ayudo a los que me necesitan, me acerco a ellos, les doy tiempo y cariño”. “Si puedo, y siempre puedo algo, les ayudo con alimentos o con dinero”.

Pienso mucho en los viven en la calle, en los marginados, en los que mueren de hambre. Pienso y sufro, se me va el corazón hacia ellos. Por eso, colaboro con las organizaciones que les ayudan.

Pero no me quedo tranquilo. Sufro, rezo y, si estuviera en mis manos, cambiaría el sistema económico mundial que enriquece a unos y empobrece y explota a otros, incluso a países enteros.

¡Felicidades! Ahí está la Alegría del Evangelio y de la Navidad.

Es el camino que lleva a Belén.

 
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