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Despedida de Ángel Lucas ss.cc.



07 de Noviembre de 2013
Carlos Barahona ss.cc.
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El día 4 de noviembre, fiesta de san Carlos Borromeo, a las cuatro de una tarde gris y lluviosa comenzó en la parroquia de Nª Sª de la Paz de Torrelavega el funeral corpore insepulto de Ángel Lucas ss.cc., fallecido la víspera. El obispo de Santander había visitado su capilla ardiente por la mañana. Concelebraron una veintena de presbíteros, entre diocesanos y de la congregación. Presidió la eucaristía Enrique Losada. Acudieron hermanos de Miranda –Roberto, Manolo y Luis–, de Madrid –Miguel de Zavala viajó con el provincial– y de El Encinar –Miguel y Carlos-. De la comunidad del finado estuvieron en torno al altar Aurelio, Florentino, Javier Otazu, Gabriel y Manuel García.


Ángel (Leoncio) Lucas, hasta el cielo, hermano

Asistieron además varias hermanas, numerosos familiares, profesores del colegio y parroquianos. Florentino colocó sobre el ataúd la estola y Roberto el libro de la Palabra de Dios, símbolos de su ministerio sacerdotal. Los tres profesaron juntos en 1947. María Pía Lafont, superiora de las hermanas, depositó las constituciones. Aurelio esbozó al principio la biografía de Ángel, que entre otras cosas se encargó precisamente de la construcción del colegio y de la iglesia de la Paz. Destacó sus muchos años en Roma, 33, y su servicio como postulador de las causas de Damián, Eustaquio, Teófilo y compañeros.

Proclamó la epístola uno de los sobrinos del tío Leoncio, nombre de pila de Ángel. Del evangelio se encargó Manuel y Enrique de la homilía. Subrayó que Ángel fue un hombre de oración, del que aprendió mucho acerca de la adoración. “Era raro ir a la capilla y no encontrárselo”, dijo. Ha sido su provincial en dos ocasiones y su general, por lo que le conocía muy bien. Compartió con él sus últimos años en Roma, a los que siguió una larga estancia en Torrelavega. Sus problemas cardíacos se hicieron evidentes en 1980, así que ha resistido más de una treintena de años.

Condecoración de Alberto II de los belgas

Al final su sobrino Fernando Delso agradeció la presencia numerosa al acto y destacó la alegría de su tío, su disfrute cuando estaba en familia y su humildad: les dejó años ha un paquete para abrir sólo el día en que cerrara los ojos. Contenía una medalla de oro y un diploma concedidos por Alberto II, rey de los Belgas, en reconocimiento a su labor tenaz y eminente como postulador de la causa de canonización de Damián De Veuster, el belga flamenco más famoso del mundo. Le otorgaron el grado de comendador de la orden del Rey Leopoldo. Sólo unos pocos hermanos lo sabían. Para la práctica totalidad de los asistentes fue una sorpresa a la que se correspondió con una nutrida salva de aplausos. La respuesta la dio el cielo con un intenso chaparrón que caía con fuerza sobre el tejado. Las ráfagas racheadas acompañaron el entierro y el retorno, tras un breve refrigerio en la nueva sede de la comunidad.

  
 
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