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"De fariseos a publicanos"



27 de Octubre de 2013
Redacción
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Comentario al Evangelio dominical de la mano de Miguel Díaz ss.cc.


Jesús habla con sus discípulos y, a través de ellos, con nosotros. Sabe del riesgo del fariseísmo, tentación que a todos nos acecha, tanto individual como colectivamente. Describe al fariseo como alguien seguro de sí mismo al que Dios le debe estar agradecido por sus ayunos y limosnas; lógicamente no es como los demás que roban, sobornan y cometen injusticias; llega incluso a mirarles con desprecio.

La parábola admite también una lectura grupal: nosotros somos los auténticos y evangélicos, los otros son rígidos y leguleyos; nosotros vivimos en comunión con la iglesia, los otros se han extraviado y siguen su propio camino. Tampoco se excluye una lectura política: los nuestros siempre buenos y honrados (fariseos); quienes no son de los nuestros, siempre malos, interesados y corruptos (publicanos).

Desde estas experiencias de vida, volvamos a Jesús. Dialoga con sus discípulos: entre ellos hay visiones y posturas semejantes a las del fariseo de la parábola con las que Jesús no está de acuerdo. ¡Que baje fuego del cielo y abrase a tus enemigos! Arranca la cizaña de tu campo y que nazca y fructifique en tu iglesia el trigo limpio que somos nosotros.

La oración del fariseo no llega a Dios ni consigue su favor; todo lo contrario: le encierra en su propio orgullo. En la oración presenta su expediente impecable: se merece un premio. Jesús no alaba al publicano por publicano o pecador. Como tampoco condenaba al fariseo porque daba limosnas. Le alaba porque, consciente de su conducta indigna, no trata de disculparse: se presenta ante Dios y pide y espera su favor.

El que ora como el publicano no se compara con nadie: ni juzga, ni exige, ni condena. Tiene la profunda convicción de que todo es don y gracia. ¡ Se halla tan lejos de vivir en plenitud la hermosa aventura del discípulo de Jesús! Su oración se resume en dos palabras: Gracias. Ayúdame.

De este encuentro con Dios en la oración, el creyente sale más humilde y más agradecido a Dios y a los demás: actitudes que, después influirán muy positivamente en la vida de familia y en la sociedad.

 
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