7 palabras clave de nuestra espiritualidad: Adoración

por Poldo Antolín Aguilar ss.cc.

Dentro de las palabras-clave de nuestro carisma le toca el turno a la parte más puramente contemplativa de nuestra rica espiritualidad. La adoración es el ámbito para "estar" con Dios, para el contacto personal e íntimo con Jesús que tiene el religioso de los Sagrados Corazones. Es nuestra forma especial de oración, donde podemos contemplar el Amor de Dios encarnado en Jesús que estamos, por vocación, llamados a vivir y anunciar. Quizás esté en la adoración la raíz de nuestra espiritualidad, el lugar privilegiado desde el que Dios fue transmitiendo a los fundadores el carisma que daría vida a la Congregación. Es difícil exagerar el papel configurador que tuvo "nuestra" adoración en los primeros años de la fundación. Por eso profundizar en ella es de alguna manera profundizar en lo que Dios quiso (y quiere) de nosotros.

1. La adoración en la Biblia: el hombre impresionado ante la cercanía de Dios.

En su Vocabulario de Teología Bíblica dice León Duffour: "La adoración es la expresión a la vez espontánea y consciente, impuesta y voluntaria, de la reacción compleja del hombre impresionado por la proximidad de Dios". Esta definición no tiene desperdicio (reléase). La adoración es la reacción del israelita ante la "santidad de Yahve" que provoca ese "temor sacro" del que tanto habla la Biblia y que tan bien refleja el sentimiento religioso del hombre que se topa con la Trascendencia. Ese sentimiento debemos entenderlo bien, el "temor sacro" no es miedo a Dios, ni responde a una falsa imagen de Él, es un sentimiento a la vez de fascinación y de profundo respeto, que pone al descubierto la grandeza de Dios y la miseria del hombre (su pecado). Ese sentimiento coloca al hombre en su sitio como inferior a Dios y crea en él una dependencia única, que va más allá de la de cualquier criatura hacia su Creador. El hombre comprende así que es indigno de ese encuentro, entiende que parte de la iniciativa de Dios y lo experimenta como gracia que le da la salvación y la verdadera libertad. Dios aparece entonces como Aquel al que se debe toda adoración y el hombre como adorador encuentra su propio sentido como hombre.

Esta actitud se ha expresado corporalmente no sólo en el judaísmo sino en otras religiones con el gesto de la postración. Un gesto que puede hoy ser más o menos compartido (según sensibilidades) pero que indudablemente expresa como pocos la impresión que el encuentro con Dios provoca en la persona, la inefable experiencia que invade al creyente cuando se le presenta lo que Dios ha hecho por él y su soberanía: "Se adelantó y les dijo: "¿A quién buscáis? Contestaron: - A Jesús el Nazareno. Les dijo: - Yo soy. Al decirles "Yo soy" dieron un paso atrás y cayeron rostro a tierra" (Jn 18,4-6).

La palabra que la Escritura utiliza para adoración es "proskynesis". Es una palabra principalmente referida al Kyrios, cuyo origen está en el homenaje que debía rendir al vencedor su adversario, es el gesto de postración del débil ante el poderoso para implorar su gracia. Pronto pasó a atribuirse de los reyes de la tierra a Yahvé y a usarse en exclusividad para el culto de adoración al Dios verdadero. Supone un reconocimiento de superioridad, de obediencia, y sobre todo de la santidad de Yahvé (Gn 22,5; Ex 4,1; Dt 24,10... ) como vemos especialmente en el salmo 99: "Ensalzad al Señor Dios nuestro, postraos ante su monte santo; Santo es el Señor, nuestro Dios".

Si pasamos al Nuevo Testamento lo primero que hay que hacer notar es que lo que el tentador pide a Jesús en el desierto es precisamente este gesto de adoración: "todo esto te daré si postrándote me adoras"(Mt 4,9). El tentador sabe lo que la adoración trae consigo, postrarse ante alguien es rendirse a sus pies y reconocerlo como su señor, por eso nunca hemos de olvidar la respuesta que le dio Jesús: "Al Señor tu Dios adorarás y sólo a El darás culto"(Mt 4,10). Esta adoración que reclaman para sí el tentador y los ídolos y señores de la tierra (Hch 7,43; Ap 13,4.8.12) la rechazó la Iglesia en Pedro porque sólo a Dios convenía: "Cuando iba a entrar Pedro salió Cornelio a su encuentro y se echó a sus pies a modo de homenaje (proskynesis), pero Pedro lo alzó diciendo: - Levántate, que también yo soy un simple hombre" (Hch 10,26).

Pero ¿se aplica en el Nuevo Testamento esta palabra a Jesús? ¿Hay que adorar a Jesús? La primera comunidad cristiana aplicó a Cristo lo que en el Antiguo Testamento se aplicaba sólo a Dios, así ocurrió entre otros muchos con el título de Señor (Kyrios) y así ocurrió con la adoración (proskynesis) que va unida a él. La Iglesia empieza a adorar a Jesús y posteriormente así lo formulará en el Credo al decir que las tres personas reciben "una misma adoración y gloria".

De todas las veces que la Biblia aplica esta palabra al hombre Jesús hay una que prefiero. Me refiero a la Adoración de los Magos. Todo el mundo y toda la historia representado en ellos y al final de una larga búsqueda, donde no faltó la desorientación, encuentra su sentido postrándose a los pies del niño-Dios y reconociendo a su Señor en un pesebre. Allí ofrecen sus cofres, sus riquezas, al verdadero rey de la tierra, único que merece nuestro homenaje: "y cayendo de rodillas le adoraron" (Mt 2, 11).

Para terminar esta referencia bíblica no quiero dejar de citar el Apocalipsis. Este libro de la historia vista desde Dios sitúa a Cristo en el trono de Dios para ser adorado por los reyes de la tierra (Ap 1,5). Es interesante ver cómo al final todos los poderes y todos los hombres del mundo se postran al unísono ante Él, pero más interesante aún es ver cómo esas miradas se clavan en el Cordero, imagen-símbolo preferida en el Apocalipsis para Cristo. Es decir, quien recibe la adoración, la alabanza y la gloria no es otro que aquel cordero que fue inmolado en la cruz y se identificó totalmente con el siervo de Dios. La realeza, el trono y la corona de Jesús no hemos de buscarla fuera de su pasión.

2. Adoración y Eucaristía: saber estar en su compañía.

Esta última imagen del siervo, del cordero de Dios, nos sitúa en la Eucaristía. El cuerpo de Cristo partido y repartido en la celebración eucarística para vida de la Iglesia es el cordero de Dios sacrificado en la cruz para la salvación de los hombres.

Dicen nuestras constituciones que "La adoración se enraiza en la celebración de la Eucaristía" (art.53.2). Nuestra vida ha de estar centrada en la Eucaristía. La historia salvífica no quedó cerrada con la Resurrección y glorificación de Cristo, continúa en la Liturgia y especialmente en la Eucaristía, forma suprema de participación en la vida de Cristo, donde no sólo se hace memoria de su muerte y resurrección sino que se nos invita a comulgar con él en su misterio pascual. No hay acto mejor de adoración que el de comulgar con el Señor cuando esto se hace con toda intención, porque por la comunión la Iglesia se hace Cuerpo de Cristo y el creyente configura su vida con la de Jesús.

La adoración nace de la Eucaristía. Es necesario entender la adoración desde ella para no cometer los errores del pasado, en que la adoración llegó a equipararse con la misma celebración y la contemplación con la comunión. No, ya el concilio de Trento dijo que la Eucaristía fue instituida por Cristo para ser recibida en comunión y no disociar así su cuerpo eucarístico de su cuerpo eclesial, aunque ello no impida que deba ser adorada.

En un principio la Iglesia reservaba la Eucaristía después de la celebración para ser llevada como viático a los enfermos o a cristianos que iban a padecer el martirio o para ser enviada a otras iglesias en signo de mutua comunión. Solo la conciencia y la fe creciente que la Iglesia fue adquiriendo acerca de la presencia real de Cristo en la Eucaristía como primicia de una presencia total en el mundo llevó al culto de la Eucaristía fuera de la celebración. No cabe duda de la presencia de Cristo en la Palabra, la Comunidad, el Pobre, sin embargo la presencia real del Resucitado en la Eucaristía ha sido siempre en la Iglesia la presencia privilegiada que, sin rivalizar con otras, justificaba la permanencia de la Eucaristía después de la celebración. Cristo es el Emmanuel, Dios con nosotros. El tabernáculo de la presencia divina que en el desierto acompañaba al pueblo de Israel es sólo una preparación de la verdadera encarnación de Dios por la que nos acompaña en nuestra existencia y pasa a ser no sólo el que es, sino también el que está con nosotros. La proximidad de Dios no puede hacerse más próxima, Dios se hace hombre en Jesús y sigue presente en medio de nosotros en la fracción del pan. La adoración debe ser antes que nada tomar conciencia de esta presencia real de Cristo en la Eucaristía y poner junto a su presencia la nuestra, sabiendo estar en su compañía.

3. La adoración en la Congregación: configurados por la adoración.

"El ejercicio de la adoración ha ocupado siempre un lugar destacado en la tradición de nuestra comunidad histórica"(RV 67). Este lugar fue todavía más destacado en los orígenes de la Congregación. No debemos olvidar nunca que fue precisamente ante la Eucaristía cuando al Buen Padre le vino la visión fundacional: "después de haber dicho la misa, me arrodillé junto al corporal en que yo creía tener siempre el Santísimo Sacramento. Vi entonces lo que somos ahora...". Por lo que respecta a la Buena Madre pronto empezó a destacar como adoratriz en el grupo de las Solitarias, que sería el primer núcleo de la Congregación y que fue dentro de la Inmensidad el que sostuvo la adoración nocturna. La originalidad de este grupo estaba precisamente en que hicieron de la adoración el hilo conductor que les llevó a la vida religiosa. En el contexto de ese grupo, que estaba guiado por el Buen Padre, es donde debemos enmarcar estas palabras de la Buena Madre: "cuando usted organizó la Adoración en el Moulin a vent y me señaló una hora, sin saberlo fijó mi destino". Por todo ello no creo que sea exagerar decir que así como la Eucaristía hace a la Iglesia la adoración hizo a la Congregación. Y sigue haciéndola.

Pero ¿cómo es la adoración ss.cc.? No todas las adoraciones eucarísticas son iguales, la nuestra tiene sin duda unas particularidades que la hacen nuestra. Destacamos tres rasgos:

4. En la Eucaristía nosotros adoramos el corazón traspasado de Jesús.

El Buen Padre tanto en la Memoria para el título de Celadores como en la Memoria para el título de Adoradores pide como nombre de la Congregación y unido al de celadores del amor de los Sagrados Corazones el de "adoradores perpetuos del Sagrado Corazón de Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar". Es decir, en la Eucaristía nosotros adoramos el Corazón de Jesús. De hecho en la tradición espiritual de la Congregación ha sido inseparable el Corazón de Jesús de la Eucaristía, para el fundador adorar es "poner nuestro corazón junto al corazón de Jesús". En la Memoria para el título de Adoradores dice además que este título "no puede tener la menor dificultad. Explica de una manera especial tanto nuestra consagración al Corazón de Jesús como el homenaje que se le rinde día y noche en el Sacramento de la Eucaristía". El Corazón de Jesús y la Eucaristía son para nosotros las dos caras de una misma moneda. Nuestra visión de la Eucaristía debe ir por tanto marcada por el amor del Corazón de Jesús y viceversa. De esta forma en la adoración percibimos las entrañas de misericordia que tiene Dios y ha mostrado como nunca en la humanidad de Jesús. Efectivamente Cristo está presente en la Eucaristía no sólo en su divinidad, también en su humanidad, en su corazón. Nuestra adoración antes que una contemplación de la victoria de Cristo Resucitado presente en la Eucaristía y expuesto en la custodia es una contemplación del amor misericordioso del Corazón de Jesús por nosotros, una contemplación que fija los ojos en el corazón abierto de Cristo y pone en práctica las palabras de San Juan : "mirarán al que traspasaron". En la Eucaristía nosotros adoramos el corazón traspasado de Cristo.

5. Nuestra adoración es una adoración reparadora.

Para el Buen Padre y la Buena Madre la adoración no era tanto la glorificación solemne de la presencia del Señor sino la enmienda de reparación por el pecado. Por eso nuestra adoración se dirige al siervo de Dios, al Cordero inmolado en la cruz. Adoramos al que cargó inocentemente con el pecado de los hombres, al que recibió en su carne las heridas de la humanidad, al que fue traspasado en la cruz y de esta manera reparó la corrupción humana y trajo la verdadera salvación por el amor. Nuestra reparación no puede tener otro modelo que la del siervo. Así no podemos desvincular la adoración de la realidad doliente y sufriente del mundo, siempre tiene que haber en ella un momento de dolor por el sufrimiento de los hombres, que debe mover nuestro corazón y afectarnos de tal modo que nos lleve a ofrecernos nosotros mismos junto con Cristo. En la adoración debe existir tras la mirada al mundo roto un ofrecimiento de toda nuestra vida a Dios para que nos utilice en su obra de reparación. El adorador no sólo ha de poner ante el Señor los sufrimientos de los hombres (y los suyos propios) sino que debe ofrecerse por ellos para servir de instrumento, y sólo instrumento, a Dios, por si quiere utilizarnos para remediar los males de los hombres. Muchas veces esto puede suponer cargar con el dolor que la vida ha impuesto a otros. Éste es el sentido que tuvo el manto rojo que desde el 6 de enero de 1821 el Buen Padre bendijo para unir inseparablemente la contemplación del siervo con la entrega de la propia vida como misión. De aquí nace el "celo" que solemos vincular a lo apostólico, pero que es primeramente místico, nace de la unión con Cristo, y por eso después es apostólico.

6. Nuestra adoración eucarística y reparadora es una adoración perpetua.

La adoración es perpetua como la profesión es perpetua. Sabemos que en tiempos esto significó la presencia de un adorador o adoratriz todas las horas del día y de la noche ante el sagrario. Con esta forma tan elocuente además de cumplirse un ministerio encomendado a la Congregación se quería expresar algo que debemos seguir manteniendo aunque esa costumbre no pueda ya realizarse: toda nuestra vida ha de estar bajo el signo de la Eucaristía. El tiempo que cada hermano pasa ante el Santísimo debe comprometer toda su vida, sólo entonces se pasa del acto adorador a la actitud de adoración. De esa forma la actitud amorosa con que el servidor de Yahve vivió toda su vida se hace nuestra. Dicen nuestras constituciones: "La celebración eucarística y la adoración contemplativa nos hacen participar en sus actitudes y sentimientos ante el padre y ante el mundo (Const. 5). Se trata en definitiva de ser adoradores "en espíritu y en verdad" (Jn 4,23) que es el culto que quiere Dios, aquel que hace la persona que se pone en sus manos y acepta todo con tal que la Voluntad de Dios se cumpla en él. Sólo de esta forma no caerá sobre nosotros la crítica profética al culto vacío, una crítica que, bien entendida, lo que denuncia es la separación de aquello que está llamado a vivirse unido: el culto y la justicia. El sentido profundo de la justicia que tiene el profeta le viene precisamente de vivir captado y envuelto por Dios.

7. La adoración hoy. Conclusión.

En los ocho años que llevo en la Congregación he ido viendo como a la adoración se le iba dando cada vez más importancia. Es evidente que poco a poco a través de la formación uno va descubriéndola y acercándose más a ella pero tengo la impresión de que no es una cuestión personal sino que como Congregación cada vez la valoramos y apreciamos más. Es como si estuviéramos redescubriendo no sólo su validez sino su necesidad para nuestra vida actual y volviéramos a darle el lugar que se merece. Descubrimos también sus virtualidades pastorales y en las convivencias que hacemos con los jóvenes desde hace pocos años incorporamos siempre una adoración que no pocas veces es vivida como uno de los momentos más fuertes de la convivencia. Lo mismo hacemos en las comunidades de nuestras parroquias. Por eso no es de extrañar que desde prácticamente todas las instancias congregacionales se nos anime a ello. El último capítulo general de las hermanas propone entre sus prioridades esenciales "reavivar personal y comunitariamente la búsqueda de Dios, la contemplación y la Adoración Eucarística como ministerio propio, dimensiones fundamentales de nuestra vida religiosa ss.cc.". Y pienso que los hermanos, más propensos a la actividad, necesitamos doblemente reavivar la adoración en nuestra vida. En esto como en otras cosas todavía nos queda mucho que avanzar tanto personal como comunitariamente, todos debiéramos preguntarnos con sinceridad cómo vivimos nosotros la adoración, o si cuando queremos rezar nos brota espontáneamente una adoración. Además la adoración eucarística engendra comunión entre los hermanos, es fermento comunitario, algo que no debe extrañarnos tratándose de la Eucaristía. El Buen Padre solía despedirse en sus escritos diciendo: "En la adoración estoy unido a vosotros".

Termino con el Padre Damián, siempre me llamó la atención desde que lo leí este texto suyo en que de forma tan natural expresaba lo que suponía para él la adoración: "Al pie del altar encontramos la fuerza necesaria en nuestra soledad. Ahí, cada día, te encuentro también a ti y a todos los buenos Padres de nuestra Congregación. Sin el Santo Sacramento, una situación como la mía sería insostenible. Pero con mi Señor a mi lado, puedo continuar por siempre feliz y contento; con esta paz gozosa en el corazón y la sonrisa en los labios trabajo con entusiasmo por el bien de los pobres y desafortunados leprosos; así, poco a poco, y sin mucho ruido, continúo haciendo el bien".